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DF, Mexico
DRAMATURGO. DIRECTOR. ASISTENTE DE DIRECTOR. ACTOR. DISEÑADOR DE VESTUARIO. PRODUCTOR. PEDAGOGO. CUENTISTA. MAESTRO DE ESPAÑOL PARA EXTRANJEROS. TITIRITERO. CANTANTE. COCINERO. GESTOR. DIBUJANTE. COORDINADOR. FOTÓGRAFO. RVT. FACILITADOR. OCIOSO. VOUYERISTA. DESEMPLEADO.

LA CIUDAD DE LOS SOMBREROS VERDES

Hace mucho tiempo, en un lugar muy, muy lejano, existió un pueblo un poco grande. La gente que vivía en este pueblo un poco grande era muy feliz y tenían una característica muy particular: todos usaban sombreros verdes.

En este pueblo un poco grande la gente vivía muy unida a la naturaleza. Tenían ríos, árboles, flores, pájaros, bosques y mucho aire limpio. Amaban el lugar donde vivían y se unían para cuidarlo. Nadie sabe de dónde vino esa gente, algunas personas decían que nacieron de los árboles, que eran hojas que cayeron y el sombrero verde era lo único que les quedaba de su antigua naturaleza. Otros dicen que sus sombreros eran mágicos y gracias a ellos su pueblo era verde y limpio. Yo no sé si sea verdad, lo que sí es cierto, es que todos estaban muy orgullosos de usarlos, pues les daban identidad y los mantenía unidos. Además que tenían la ventaja de ser un hermoso accesorio que los protegía del sol.

Un día, llegó al pueblo un extraño jalando una enorme carreta. Su nombre era Cris. Cris era un hombre triste y un poco amargado. Bueno, muy amargado. Tenía una larga barba, un abrigo gris y sucio, las uñas llenas de tierra, el cabello despeinado y además… olía un poco mal. En su carreta tenía toda clase de cosas. Cosas que iba acumulando una tras otra; nunca las usaba para algo pero le gustaba tener más y más. El mejor amigo de Cris era un perro flaco y pulgoso llamado Sr. Cochambre. Cris quería mucho al Sr. Cochambre pero nunca lo bañaba y, cuando lo llevaba a pasear, no levantaba su popó. Eran un par algo desagradable.

Cris no podía tolerar lo unida que era la gente del pueblo un poco grande. Le molestaba que tuvieran árboles y flores. Le molestaba que dieran paseos por el campo. Le molestaba que nadaran en el río. Le molestaba que sus parques y calles estuvieran limpios. Le molestaba que se reunieran para ver el atardecer. Pero lo que más le molestaba, eran sus sombreros verdes.

Cris pensaba en una forma de deshacerse de los sombreros. Quería quemarlos a toda costa, le parecían ridículos. Extremadamente ridículos. A veces Cris no dormía con tal de encontrar una solución. Y un día, la solución llegó a su mente.

Cris tomó su carreta, buscó todas las cosas que menos le servían y marchó por las calles del pueblo. Con una enorme bocina invitó a la gente a que se acercara. A cambio de sus sombreros, les daría algo de su carreta: valiosos tesoros traídos de lugares muy lejanos que Cris conocía y con los que serían más felices. La gente no sabía qué eran las cosas de Cris ni para qué servían, pero él logró convencer a dos amigos que cambiaron su sombrero por un teléfono.

Apenas empezaron a usarlo, perdieron el interés por el campo, las plantas, las nubes, los atardeceres, los animales, los juegos y demás actividades que antes los hacían tan felices. Ahora, sólo querían hablar por teléfono. Las otras personas empezaron a extrañarlos, pero al verlos tan felices con sus teléfonos, todos quisieron tener uno. Así que fueron con Cris para dejar sus sombreros a cambio.

Cris ya no tenía teléfonos, pero les dio televisores, computadoras, videojuegos, automóviles, y cuanto instrumento tecnológico salía de su carreta. Las personas querían tener más cosas, así que buscaron sus sombreros viejos o tomaban los de sus hijos para intercambiarlos y, cuando ya no tenían, comenzaron a robar para tener más cosas de la carreta de Cris. Cris era feliz. Y cuando tuvo al fin todos los sombreros verdes, por primera vez en su vida se le vio sonreír.

La gente pensaba ser feliz con sus instrumentos tecnológicos y cada vez quería más. Acumulaban cosas y empezaron a ser muy descuidados. Olvidaron la limpieza, olvidaron los paseos en el campo, olvidaron cuidar las plantas, alimentar a los pájaros, cuidar los ríos, olvidaron convivir con sus amigos, derribaron los árboles para hacer carreteras por dónde llevar sus coches, construyeron grandes casas y la envidia llegó a su corazón. Cuando veían que sus vecinos tenían una casa más grande que la de ellos, construían una más grande y alta que la del vecino. Así surgieron los edificios que taparon las montañas. Y el pueblo un poco grande se convirtió en una enorme ciudad, cubrieron todo con concreto y, sin sus sombreros verdes, el pueblo comenzó a verse gris y triste. Como Cris. Exactamente como Cris.

Cris, al ver que la gente era feliz con todas las cosas nuevas, se enfureció. Se negó rotundamente a seguir sacando tesoros de su carreta pues no soportaba la felicidad ajena. Cuando alguien se acercaba a pedir algo, el Sr. Cochambre lo mordía. La gente quería más y más así que construyeron fábricas. Y con tantas fábricas y tantos autos, el aire se llenó de un asqueroso humo gris que enfermaba a la gente y a los pajaritos. Ya nadie recordaba los sombreros verdes. Y de aquellos que se pensaba fueron hojas de árboles convertidas en personas, no quedó nada. Todos tenían prisa, nadie tenía tiempo, todos querían dinero para conseguir más cosas.

Pero en lo que Cris no pensó, fue en los niños. Cris odiaba a los niños, no podía soportarlos. Los niños son un horror, decía Cris. Le molestaba que hicieran preguntas, que jugaran, pero sobre todo, no podía soportar que rieran. Y Cris ahora se divertía porque todo lo que los niños veían ahora era adultos con prisa, sin tiempo, enojados y vestidos con ropa gris; edificios altos y grises, calles largas y grises, nubes feas y grises. Los niños extrañaban las montañas, la cálida luz del sol, las estrellas en la noche, nadar en los ríos, las frutas recién cortadas de los árboles, las verduras cosechadas en el momento, el aire fresco tocando su rostro… en fin, todas aquellas cosas que antes tenían y que se perdieron. Pero sobre todo, lo que los niños extrañaban, eran sus sombreros verdes.

Los niños pidieron a Cris que les devolviera sus sombreros verdes, pero Sr. Cochambre no los dejaba acercarse. Quisieron hablar con los adultos pero los adultos no tenían tiempo para escucharlos. Buscando una solución, decidieron recordar cómo era la vida con los sombreros verdes… Entonces tuvieron una idea: Subieron a los enormes edificios de la enorme ciudad. Cortaron ramas de los pocos árboles que quedaban y con ellas tejieron sombreros para los edificios. Sin embargo, las ramas se secaban pronto y se volvían basura, lo cual alegraba a Cris. Y fueron muy pocos los adultos que notaron lo que los niños hacían. Necesitamos algo mejor, dijeron los niños, algo sencillo e inteligente. Decidieron hacer jardines en las azoteas de todos los edificios y, al mismo tiempo, acabar con la basura.

Tomaron botes de shampoo y agregaron otros plásticos resistentes y con ellos hicieron macetas. Trajeron todo tipo de plantas y vegetales y las sembraron en ellas. Diseñaron las macetas de tal forma que cada una podía almacenar hasta seis litros de agua para que las plantas pudieran tomarla poco a poco. Incluso encontraron algunas plantas que podían durar meses sin tomar agua. Ahora sí sería el fin de Cris y su ciudad Gris.

Poco a poco, los edificios se fueron llenando de plantas en las azoteas. Los pájaros regresaron al ver plantas en la ciudad. Las nubes empezaron a limpiarse, el aire circuló otra vez y una leve lluvia refrescó las calles. La gente se sorprendió por lo que sucedía. Al ver los edificios con sombreros verdes, recordaron sus antiguos sombreros.

Fueron con Cris para pedir sus sombreros de regreso, pero sólo encontraron la carreta abandonada y llena de plantas. Sus antiguos sombreros se mantuvieron con vida y habían germinado. Cris huyó en busca de un nuevo pueblo al cual engañar. La gente no pudo recuperar sus sombreros, pero se comprometió a ayudar a los niños a mantener vivos los nuevos sombreros verdes de aquél que fue, alguna vez, un pueblo un poco grande.