Mostrando entradas con la etiqueta 07.04 UN ZAPATO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 07.04 UN ZAPATO. Mostrar todas las entradas






UN ZAPATO






Paco Reyes













                                                                                                    A …   



  










ÍNDICE


 SEQUÍA

 AZ

 MODELO A SEGUIR

 ASPIRINAS CON VINO TINTO

 VERANO

 ESA MUJER QUE ME SEDUCE

 QUIZÁS DOMINGO

 CATHARSIS

 LA MANZANA

 SUMMERTIME

 CUERPO DESNUDO DEL DELITO

 PERFUME DE GARDENIAS

 DECLARACIÓN

 ALGO

 POR COBRAR

 CON FONDO DE JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ

 LA CERRAJERÍA

 CONTROL REMOTO

 LOS VELADORES

 PAPALOTE

 CONFESIÓN

 CONTRICIÓN

 PENITENCIA

SEQUÍA



De mi padre heredé el gusto por las nubes.
Aunque él no lo tiene.
Nació en la mixteca: País de las nubes.
Lo acompañaron durante la infancia.
Yo tuve otras nubes.
Parecidas y diferentes.
Rojas y blancas.
Llorosas y deprimidas.


...


Lloviznó en la mañana.
Bueno para mí.
Para mis orquídeas.
Me encanta la lluvia. La tierra mojada. Las calles húmedas. Gotas colgando como aretes en las hojas.
Zapatos embarrados de lodo. Gente brincando.
El olor de las chicatanas.
Ya empezaron las azucenas.
Una señora ofrecía las flores a 2 por 10 mientras amamantaba a su niño.
4 ramos.
20 pesos.
20 pesos que ayudaron a alimentar a un niño y a mantener presentes los recuerdos.
Caminar por las calles en días lluviosos.
Mirar las nubes formar figuras.
Atardeceres que van.
Que vienen.
Las nubes allá en lo alto.
Distantes.


...


Distantes.



Como mi padre.

Como yo.


Como yo ahora sentado junto a mi padre.
Sin saber de qué hablar.


Mirándolo de reojo.
Esperando que las palabras fluyan.
Que lluevan.


O que al menos salpiquen esta conversación tan seca.


...



                                                                                                        
                                                                                                        Junio.

AZ



A Jaime García



Andas dando vueltas en mi cabeza. Hace tiempo. Parece que disfrutas revolotear en mí, alrededor mío. Revolotearme.


Intento comprender la necesidad del acto. La vitalidad. ¿Cómo llegaste? ¿En qué momento apareciste? Y sólo te veo escapar cuando sientes mis ojos en ti. Cuando te das cuenta que te miro. Y lo sabes. Y te busco. Todo el tiempo te busco. Quiero verte a cada momento. Dejar mi mirada fija en ti y no desprenderla.

Jamás, de ser posible.

Dejar mis ojos enganchados a tus alas, prendidos, perdidos. Acercar mis manos a tu cuerpo y presionarlo, lo más lento posible, disfrutando cada fracción de segundo, cada breve instante del contacto. Sintiendo tu cuerpo estremecerse entre mis manos y así presionar, hasta asfixiarte, quizás hasta matarte.

Porque es una necesidad matarte.

Debo confesar: me causa placer sentirte alrededor, girando en torno a mí, a mi mente. Dejando por un momento tu presencia en un zumbido que es molesto pero que algo de placer tiene.

Siento placer cuando estás cerca de mí, cuando te paras en mí. Cuando me chupas. Cuando me hinchas. Siento placer en el dolor que me provocas. Y en cuanto sabes que te miro, te vas. Como si tuvieras algo más importante que hacer. Escapas y no das razones. O tus razones escapan contigo en un chillido. Y me dejas sólo con una gota de sangre de recuerdo. Sangre que ni siquiera es tuya sino mía.

Puto.

Y regresas. Pasa el tiempo y regresas. Exactamente a lo mismo. A dar vueltas en mi cabeza, a posarte en mí, a producirme dolor, a producirme placer, a hincharme y a irte otra vez. Y parece que te encanta.

Sólo te miro y quiero matarte.

¿Cuándo dejarás de ser esquivo?

¿Cuándo dejarás de dar vueltas y ocuparás un lugar fijo en mi cuerpo?

Sin que te vayas.
Sin que sientas mi mirada y abras las alas.
Sin que huyas llorando.
Quédate quieto en mi cuerpo. Una vez al menos.
Sólo una.

Pero conciente
de que espero el momento justo para matarte.

MODELO A SEGUIR



A Fabiola Moreno



¿El día que nos conocimos? Sí… fue memorable. Bueno, algo como memorable. Al menos lo recuerdo.

Verá… yo caminaba por la calle. Taconeando. Un pie delante del otro. Justo enfrente, sin elevar mucho las rodillas. Lo vi en la TV. El canal de modas. Quisiera ser modelo. Creo que el cuerpo lo tengo. Al menos soy delgada, pero podría bajar más de peso. Basta con no comer. Basta con comer y meterse el dedo. Basta con sexo y drogas sin alimentos. Basta con deprimirme. Cuando me deprimo, bajo de peso. Es regla. No siempre me deprimo, pero me gusta.

Sigo. Yo caminaba sobre la avenida. Aprovechaba para practicar mi caminado. ¿Le comenté? Lo vi en el canal de modas. Perdón… soy un poco olvidadiza. Sigo. Yo caminaba sobre la avenida. Taconeando. Un pie delante del otro, justo enfrente, sin elevar mucho las rodillas. Y al final de la calle, lo vi. Una visión. Un milagro. Mis ojos se perdieron en él. Y ya, no pude dejar de verlo. Un pie adelante del otro, sin elevar mucho las rodillas. Las piernas se me trenzaron. Un tambaleo. Una cabriola. Caí.

No me levantó. No cumplió la promesa de las películas. Esperaba que al menos preguntara si me encontraba bien, que corriera a auxiliarme. Pero ni siquiera se rió. Yo no sé, la verdad, yo no sé porqué los hombres son así. Mi apariencia es de una dama. Mi apariencia es la de una dama frágil. Mi apariencia es la de una dama frágil y delicada. Yo podría ser modelo, tengo las medidas. Aunque puedo bajar de peso. Basta con no comer. Basta con comer y vomitar. Basta con sexo y drogas sin alimentos. Basta con deprimirme. Basta.

No me ayudó. Ni siquiera se rió. Yo caminaba sobre la banqueta, practicando mi caminado. Un pie delante del otro, justo enfrente, lo vi en la TV, el canal de/ Ok, perdón.

No me ayudó. Ni siquiera volteó a verme. Ni siquiera se rió. No se burló. Lo vi seguir su camino sin voltear a verme. Me sentí humillada, avergonzada. El problema no fue la caída, fue ser ignorada. Hay cosas que una no puede soportar. Hay otras cosas que se toleran, cosas que se pasan de largo y cosas que se ignoran. Pero yo ser ignorada…

Me puse de pie y lo alcancé para reclamarle su falta de caballerosidad. Soy una dama frágil. Y él me dejó ahí… ahí, en el suelo. Y ni siquiera se burló.

Lo tomé por el hombro pensando en insultarlo, decirle: ¡Oye tú, cabrón…! No sé, algo. Algo que lo hiciera reaccionar. Algo que le hiciera ver el error que cometió al dejarme ahí. Lo tomé por el brazo y lo giré hacia mí. Lo vi directamente a los ojos y se lo dije. Me salió del alma, lo juro. Me llegó a la boca y salió disparado hacia su cara:


        - Tonto.


Fue todo lo que le dije: Tonto.

Yo, la de la palabra ágil, la de la palabra ligera. Yo, el diccionario andante de groserías. Me sé tantas y justo la que salió fue: Tonto.

Me sentí tan avergonzada... Él me miró a los ojos y sin siquiera sonreír me dijo:


         - Hay cosas que se toleran, cosas que se pasan de largo y cosas que se ignoran.


Se soltó y siguió caminando. Sólo eso. Nada más. Sólo eso.

Por supuesto que lo seguí. Él no podía tratarme como una cosa que se tolera, una cosa que se pasa de largo o una cosa que se ignora. Él debía disculparse conmigo por hacerme caer y no haberme ayudado, por no haberse reído, por haberme ignorado, por haber hecho que lo único que se me ocurriera fuera: tonto.

Lo seguí hasta la cantina. Entré y estaba con sus amigos. Nuevamente iba a reclamarle. Creo que se dio cuenta porque me encaró antes de llegar a donde estaban todos. Sus amigos voltearon a verme. Es natural, los hombres se fijan en mí, yo podría ser modelo. Tengo el cuerpo. Podría adelgazar más. Basta con no comer. Basta con comer y vomitar. Basta con deprimirme.

Me encaró. Y ahí, esa visión, ese milagro, me dejó ver directamente sus ojos. Sus hermosos ojos azules. Y entonces hablamos.

Y hablamos.

Y hablamos.

Sus amigos lo llamaban, pero él y yo hablábamos.

Pasamos así parte de la tarde y amenazaba con seguir la noche. Pero ellos tenían partido y se fueron. Él me pidió mi teléfono para quedar otro día. Y entonces comprendí que no hay nada más dulce que la venganza. Le di mi número pero se lo di mal. Para que cuando quisiera buscarme, no me encontrara.

Quizás hubiera sido mejor darle el de algún negocio. Algún espacio público, no sé, algo que le ayudara a entender mejor la broma. Imagine que piense que lo anotó mal y se maldice por eso.

Y para serle sincera… yo, la verdad, sí quería que me llamara. Quería salir con él. Mirar sus ojos azules. Caminar tomada de su brazo mientras practico mi caminado. Un pie delante del otro. Justo enfrente, sin elevar mucho las rodillas. Tomada de su brazo y salir a pasear. Pero le di mal mi número.

La venganza es dulce.

Y entonces no sé si sí me llamó. No sé si hizo lo posible por encontrarme. No sé si hizo lo posible por buscar mi número correcto. ¿Se habrá dado cuenta de la broma? ¿Qué pensará de mí? ¿Pensará que él se equivocó al anotar mi número? ¿Pensará que soy una tonta? ¿Habrá hecho siquiera el intento de llamarme? ¿O apenas al salir de la cantina habrá tirado el papel donde anoté mi número?

La venganza es dulce, oficial. Y a mí el morbo me mata.

Por eso lo estoy buscando. Porque quiero saber de él, por eso. Por sus grandes ojos azules. Por su indiferencia. Porque quiero preguntarle si me llamó. Si entendió la broma. Soy una chica con sentido del humor. Ya no se encuentran de ésas. Yo tengo gracia, tengo carisma, sé sonreír. Soy como un modelo de esos que ya no hay. Yo podría ser modelo. Delgada soy. Aunque podría bajar más de peso. Basta con no comer. Basta con comer y meterse el dedo. Basta con sexo y drogas sin alimentos. Basta con deprimirme. Yo casi no me deprimo, es raro cuando me pasa. Y justo ahora estoy deprimida. Y voy a bajar de peso…



¿Sabe? Ahora no sé si lo quiero buscar. Cuando estoy deprimida, bajo de peso. Es regla. No me pasa mucho, pero me pasa. Y ahora estoy bajando de peso.

Podría ser modelo. Caminar en la pasarela. Un pie delante del otro. Justo enfrente. Sin elevar mucho las rodillas. Vista al frente. Mentón arriba. Ojos abiertos. Sonreír con los ojos.

En todo caso, si alguien de hermosos ojos azules viniera buscando a una chica como yo, ¿le podría dejar mi número? Ahora sí es el correcto. Está bien anotado. He mandado a hacer tarjetas, ¿sabe? Creo que es útil.

De cualquier forma, gracias por escucharme. La gente ahora ya no sabe escuchar. Perdone las molestias. Yo no siempre soy así. No sé qué me pasa ahora. En realidad soy un modelo de chica.

¿Con estos datos basta para levantar un acta?

ASPIRINAS CON VINO TINTO



Me duele la cabeza y me revuelvo en las cobijas. Viajo por las almohadas, recorro el colchón, veo montañas in-escalables que se forman con mi cuerpo en las sábanas y cuento ovejas endiabladas.

No puedo dormir.

Me levanto para buscar dos aspirinas y con trabajo salgo del cuarto. Bajo por la escalera de caracol y tropiezo. A tientas llego a la sala. No me gusta prender la luz; si ya es de noche ¿por qué prolongar el día? Entre las sombras que hace la luna, encuentro los restos de cajetilla y media de cigarros esparcidos sobre la mesa de centro, en la sala, frente a la tele, junto a la botella de vino tinto vacía, sombría, inerte.

Por más que busco no encuentro ninguna maldita aspirina calmajaquecasolvidatodoborrarecuerdostormentososanesteciaconcienciasdamesueño.

Ayer fui al súper y compré todo lo que no necesito: esferas navideñas, escarcha, adornos con la foto de Santa, nieve artificial, un pesebre y esta botella de vino tinto que pensé abriríamos hasta año nuevo. Pero no compré una caja de aspirinas. Ahora tengo dolor de cabeza, una botella de vino que no llegó a año nuevo y remordimiento de conciencia por no comprar lo que en verdad se necesita. Me maldeciré esta noche por eso; ésta y todas las otras en que seguiré haciendo lo mismo.

¡Maldita sea! ¡Es octubre y ya están vendiendo adornos de Santa! Apenas tengo tiempo para comprar las propuestas en moda de invierno. Es lo malo de ser prevenido, no puedes vivir al día. Algunas personas te dejan hábitos que no puedes olvidar. Como mi vecina, que en los días de lluvia regaba sus plantas con atenuada metodicidad digna de admirarse, “por si no se mojan todas. Hay que prevenir”. Aprendí más de ella que de mi madre. Gracias.

Pero el previsor que llevo dentro olvidó comprar las aspirinas y me duele la cabeza.

-          Quizás tienes migraña.
-          Quizás nací sin cerebro y el doctor me injertó el testículo de un ermitaño.

Recorro el pasillo que conduce a mi cuarto, subo la escalera de caracol y tropiezo nuevamente. Me encanta esta escalera. Llevo una copa en la mano, tiene embarradas gotas de vino, juntas podrían formar un pequeño charquito en el fondo. Pero prefiero lamer la copa, igual que las paletas heladas cuando la vecina regaba sus plantas.

Entro al cuarto frotándome la cara y me siento en la orilla de la cama. Intento recobrar la armonía. La cabeza me late más fuerte que el corazón. Las paredes parecen girar, bailan en una obra de teatro musical…

“¡Piedad! ¡Piedad! ¡El mundo esclavo es...!”.

Dios mío, ¿por qué me haces esto? Cierro los ojos esperando que la oscuridad me ayude a olvidarlo todo, que vivo, que respiro, que…

Pero los cierro e inicio un viaje en la montaña rusa y debo abrirlos de inmediato. Me agarro al colchón esperando parar la avalancha y lo único que consigo es caer junto con las cobijas, mi copa y mis últimas gotas de vino tinto. El suelo no me abraza, me rechaza fríamente, con fuerza.

Respiro.
Otra vez.
Una vez más.

Me acuesto y me enrollo en las cobijas esperando calmar el frío; sólo consigo arrimar a mi cuerpo los pedazos de la copa que cayó conmigo. Acabo de arruinar las últimas gotas de tinto… Era un buen vino, ni ácido ni afrutado, como te… como me gusta.

Y ahora tengo cristales rodeando mi cuerpo revueltos entre las cobijas. Vi en la tele unas serpientes que trituran a sus víctimas rodeándolas con el cuerpo y presionándolas, es imposible salir vivo. Pero mis cobijas no tienen vida y no pueden triturarme, sólo me acercan a creerme un chavo del metro recostado sobre botellas rotas. “Prefiero hacer esto que robarles”. Soy tan malo que ni yo me daría dinero.

Podría dormir así, quizás durante la noche los cristales me corten y poco a poco comience a desangrarme… formaría en las cobijas una bella mancha, como de virgen recién casada. Mañana, cuando me encuentre muerto, la señora de la limpieza sacará las sábanas al balcón para mostrar que no me había entregado a nadie y era puro… quizás lleven las sábanas a una exposición de arte, últimamente exponen cualquier cosa. Pero ni los vidrios me cortan, o si lo hacen no lo siento. Cristal fino, de buena calidad. El único regalo que me gustó de la boda y lo único que pedí en el divorcio.

Descubro una gran cantidad de pelusas acumuladas bajo la cama. La señora de la limpieza me cobra $1000 mensuales por engañarme... mi mujer me cobró tres años de matrimonio y una pensión para el primogénito por engañarla, dios nos cobra la vida por engañarnos y las únicas verdades son las pelusas que juegan bajo la cama mientras la señora del aseo ve televisión por cable.

Y entre las pelusas, ahí están… envueltas entre los grumos de algodón que la señora no barre, ocultas entre el polvo, respirando asmáticamente, esperando el momento en que las encuentre: dos aspirinas acompañadas por tres monedas de un peso, el sobre de un condón, el arete extraviado de mi ex mujer, la tapa del desodorante, la plumafuente que me regalaron en la oficina, mi anillo de matrimonio y una lata de Coca-Cola. Todo un tesoro. Sorprendente lo que se encuentra bajo la cama.

Estiro la mano para tomar las aspirinas y ahora sí siento el cristal cortándome la carne. Agarro las aspirinas y la piel se me agrieta un poco. Son pedazos pequeños pero lastiman. Corta bien este cristal, es bueno, muy fino. Hice bien en quedármelo.

Limpio las aspirinas, les quito su abriguito de pelusa, su maquillaje de polvo y las meto en la boca. Tragarlas duele un poco, las paso con saliva; ya no tengo vino. Las paredes se encuentran en el tercer acto de su obra:

“¡Tal vez, mañana saldrá el sol, mañana!”

Los cristales se entretienen jugando al bisturí y las aspirinas se quedaron en el esófago. Me ahogo...

Me levanto molesto y aviento las cobijas. Los cristales rebotan por el cuarto, las paredes se mueven violentamente, corren en círculos. Caigo sobre el colchón. La cabeza me gira, me gira, un remolino, siento que estoy cayendo, estoy cayendo... por mi escalera de caracol, por tres años de matrimonio, por el tobogán de la alberca, por las cuentas del banco, por dos aspirinas atoradas, por la oficina de mierda, por la botella de vino, por… por… por todo… todo se mueve… se mueve el mar… marean las olas… o las aspirinas están haciendo efecto… en efecto, creo que están sirviendo…

Dos pastillas son capaces de curar el testículo de un ermitaño… Un piquete, un zumbido atrás de las orejas… Mañana hablaré con la señora respecto a la limpieza… ¿Compré todo lo que necesito?...

Debo pasar por mi hijo a la escuela… Tiene tres años, ¿por qué va a la escuela? Debería estar jugando en lugar de pegar algodón sobre una oveja que sonríe como si no trabajara…
Debo ver al Lic. Santillán en la mañana…


¿Qué hora es?... Malditas cortadas… me está ardiendo la piel… … …

siento mareos… el viernes hay partido…
…Tengo frío… debo dejar de dormir desnudo…  ... hay vicios que no se pueden quitar…


María…                 …
… ¿Quieres casarte conmigo?

… Hay que comprar las cosas para Navidad              …
… no…    no puedo dormir…

…        María               …

Me duele…
… la cabeza, me gira…
-
…        María…


- Quizás tienes migraña.
- No.
- ¿Entonces?
- Tengo tu ausencia.

- Ya hablamos.
- ¿Suficiente?
- Para mí, sí.


- ¿Me extrañas?
- Ahora duermo tranquila.
- ... Me alegra.


- ¿Sigues tomando aspirinas?
- No. Las dejé.
- Qué bueno…
- ¿Sigues tomando vino?
- No… lo dejé.
- Qué bueno…


- Me voy, debo pasar por tu hijo.
- Me lo saludas.
- Está bien.
- ¿Te puedo dar un beso?

- No.
- Ok.
- Adiós.
- ¿Nos hablamos?
- ¿Para qué?
- No sé.
- Mejor no.

...
Y te vas sin voltear. Te miro alejarte, caminando mientras mueves las caderas, la luz te acaricia y mi ánimo se calla. Saco de la nada aspirinas y comienzo a tomarlas, por miles, una tras otra, me atraganto mientras veo tu cuerpo que se rompe como copa y forma un charco de vino…

Y despierto...
desnudo sobre la cama,
con resaca,
con el tiempo justo para llegar a la oficina...
y esta erección de las mañanas que no te olvida.

VERANO



Tengo la cabeza como las nubes.

Las ideas se me agrupan,

se distienden,

se mezclan,

hacen ruido.

Adquieren formas caprichosas,

se precipitan.

Y al final sólo pasan

sin nada que decir.

ESA MUJER QUE ME SEDUCE



A Leila Flores



Mirar tus piernas desnudas. Oír tus propuestas directas. Sentir tu aliento, tu mirada. Oler tu cuerpo en la cama. Saberte tan cerca, dispuesta...

Yo hombre, tú mujer.

Miedo. Sonrisas.

Es muy fácil huir, decir no y dar la vuelta. Pero no lo hago. Y si no lo hago es porque por dentro, muy dentro quizás, o no tan dentro, me ronda el deseo en la mente, en el alma, en el cuerpo y en el cuerpo sin alma. También.

La Felipe...

Sigo.

Saberte mía es idea que viene cuando olvido quién soy. No sucede a menudo, pero sucede.

Fantasía.

Por eso no huyo.

Porque la idea está presente. No lo niego. Pero lo evito.

Yo hombre, tú no hombre.

¿Entiendes lo que me pasa?

Eres la única con quien sería.

Y me da miedo.

Mucho.

Miedo.

¿Cómo funcionan las cosas en ti?

¿Cómo funcionan las cosas en ellas?

El desconocimiento me altera.

Todo el desconocimiento.

Todo.

El antes y el después.

¿Y si te gusta?

¿Y si me gusta?

No juegues conmigo. Mejor dejarlo así.

Mejor durmamos, duerme mientras te miro.

Yo me iré antes de que amanezca.

Pensando que he vencido esta noche. Pero sabiendo que es derrota tras derrota.


Mierda.

QUIZÁS DOMINGO



Con mi abuelo yo no conviví demasiado.


El primer recuerdo que tengo de mis abuelos juntos es uno que no poseo.

En la casa de mi abuela, su cuarto estaba subiendo las escaleras a la derecha.

El de mi abuelo era subiendo las escaleras y derecho, frente al baño.

Mi abuela tenía una terraza en su cuarto.

Mi abuelo un cuadro con unos perros devorando un venado.

Mi abuela pasaba los días en casa cocinando para toda la familia: hijos, nietos…

Mi abuelo llegaba a la casa cada tanto tiempo. Llevaba sombreros de bejuco, tostadas y alguna que otra cosa. Entraba y tomaba posesión de su cuarto, de la casa. Hacía tiempo que ya no vivía ahí, sólo llegaba un par de días y se iba.

Trabajaba en el Registro civil.

Trabajaba fuera de la ciudad.

Y casi nunca estaba en casa.

A pesar de eso, mi abuela siempre lo esperaba.

Ella era la reina de la casa. Todo, absolutamente todo giraba en torno a ella. Pero cuando mi abuelo llegaba, ella, la reina, bajaba del trono y miraba pasar al hombre que conocía como su marido. No decía nada, sólo lo miraba pasar. Y a veces bajaba la mirada.

Mi abuelo se fue de casa y no volvió.

Tuvo otra familia.

Y otra.

Y otra.

Y otras mientras estaba con mi abuela.

Ella lo sabía, pero aún así, lo esperaba.

Cuando tuvieron que hacer trámites legales para vender la casa del pueblo, mi abuela buscó el acta de matrimonio y no la encontraron por ningún lugar. En ningún libro del Registro civil. Como si nunca se hubieran casado. Tanta vida compartida que se perdió en un papel que alguien desapareció.

“Alguien”.

A pesar de eso, siguieron compartiendo algunos eventos.

Bodas de hijos.

Bodas de nietos.

Mi abuelo entraba a la casa. La casa que todos conocemos como la casa de la abuela. Ella no decía nada, no se oponía, lo dejaba estar.

Pero ya no hablaban.

Cuando mi abuela iba a morir, mi abuelo fue a verla. Estuvo un par de días y decidieron que mejor se fuera. Mis tías decían que ella estaba muy inquieta, que no podía descansar.

Mi abuelo se fue.

Mi abuela murió a los tres días.

Mi abuelo estuvo sentado frente al féretro durante todo el velorio. Acompañando a "la difunta", como dijo él.

Él murió un año después.

Quizás mi abuela lo esperaba.

Yo me pregunto, porque no sé. Quizás cuando entienda porqué mi abuela esperaba a mi abuelo, aún sabiendo todo lo que él hacía, le preparaba la comida, lo recibía, no dormían juntos pero lo esperaba...

Quizás cuando entienda porqué mi abuela esperaba a mi abuelo, mirando de vez en cuando hacia el zaguán esperando que se abriera y entrara él, quizás entonces y sólo quizás, yo pueda querer a mi abuelo.

O pueda entender el amor.

CATHARSIS



Mi hermano gemelo es ese que inventa, el que cuenta historias que no ha vivido. Dice cosas falsas como ciertas, una vida que no lleva.

Trabajó como scort vendiendo su carne. Ha jugado rugby. Ha conocido países. Se ha acostado con más de 500 personas. Es ese que con una sonrisa se gana el afecto y con un beso el amor.

Mi hermano gemelo es el del cabello largo, el de las piernas gruesas y firmes, el de la lengua prodigiosa. Es el que cocina, canta y baila. El que dibuja.

Del que la gente habla, al que aman y odian. El que patina, el que maneja en la autopista a 200 por hora, el que corre todas las noches, el que lee, el que cultiva plantas y colecciona orquídeas.

El que me da bronca y me da envidia.

El que me mira sonriente en el espejo.

Me mira con lástima.
Me mira con soberbia.
Me mira.

Mi hermano gemelo es el del carisma.

El que me hace reír.
Me hace llorar.
Me exige que escriba.
Me permite ser todo aquello que no me atrevo.
El que odia que lo defina.
El que sueña cuando yo duermo.

Mi hermano gemelo es la cara.

Yo la máscara.

LA MANZANA

Me mira parada en la orilla del frutero. Roja. Resplandeciente por la luz de la lámpara que ilumina mi habitación. Es un poco pudorosa, pienso. Se tapa las partes pudendas con una etiqueta que dice “california”. Y me mira. Resplandeciente.

Me acerco y la tomo. La veo fijamente. No cumple la fantasía incrustada en la mente de todo el mundo. Una manzana debe tener palito. La bruja de Blanca Nieves tomó a la manzana por el palo para meterla en el caldero. La víbora tomó del palo a la manzana para tentar a Eva. Mi manzana no tiene palito. La maldigo por su falta y busco una forma de castigarla. Arrojarla al costado de una cucaracha para incrustársela o meterla en la boca de un cerdo sería una buena idea. Pero no veo cucarachas en mi habitación. Y si yo me la voy a comer, yo sería el cerdo que la tendría en la boca. Harakiri poético.

Borro ambas imágenes de mi mente y busco otra forma de castigarla. Se cubre las partes pudendas con una etiqueta. Estar desnudo frente a alguien desarma a cualquiera. La tomo y le retiro la etiqueta lentamente. No dice ni hace nada. Quisiera verla sudar, quejarse o defenderse pero no hace nada. Sólo me mira fijo, como retándome. Puerca. La desnudo y la miro esperando avergonzarla al menos un poco. Nada.

Nada. No tiene nada. Es plana. Sólo veo un vientre redondo y liso. ¿Qué se cubría entonces? Timadora. Por eso no sudó. Me gusta el sarcasmo ajeno. Disfruto más el propio, pero el ajeno me entretiene. Exhibe su “rojidad” ante mí. Vanidosa. La huelo. Huele a… manzana. ¿A qué más podría oler una manzana? No es una papaya, no es una mandarina. Es una manzana y huele a manzana. El descubrimiento me hace sentir tonto. Ella me mira burlona. ¿Cómo más describir el olor de una manzana? Un olor dulce… afrutado. ¡Joder! No es un vino, es una manzana y huele a manzana.

Le acaricio el vientre rojo y liso. Le hago cosquillas. No reacciona. Le froto la parte que se cubría con la etiqueta, a ver si algo se erecta o se dilata en ella. ¿Qué sexo tiene una manzana? La – manzana. Femenino. Así de simple y práctico. Además, no tiene palito. Claro. Me vuelvo a sentir tonto. La sigo frotando a ver si algo en ella se dilata. Nada. Ni siquiera se le levanta la piel. Me han dicho que, al acariciar, logro ponerle la piel de gallina a las personas. Pero la manzana debe tener algún tipo de frigidez o no entiendo qué pasa. ¿Me está retando en mis prácticas amorosas? El aliento es también un buen incentivo en el arte del amor. Respirar a alguien, sentir su aroma, soltar aire caliente en su cuello… Pero yo ya la olí y sólo sentí olor a manzana. Débil, si debo ser sincero. Su aroma no es muy intenso.

La acerco nuevamente y la huelo, quiero sentirla más. Paso la nariz por su maza. Besitos de esquimal. Dejo salir el aire caliente de mi cuerpo en ella esperando provocarla. Nada. Ni siquiera se empaña. Le paso la lengua por la piel. Una vez. Otra. Ni siquiera sonríe. ¿Yo haré lo mismo cuando me dicen insensible? La verdad, no se siente muy bien esto.

Sigo lamiéndola, a ver si la saliva le ablanda un poco la coraza. Sí, sé que las manzanas no tienen coraza, ésas son las nueces. Me refiero a esta coraza que me está presentando y me incomoda. Nunca antes había tenido problemas, ¿Por qué ahora? No quiero retomar la terapia de psicoanálisis. No ahora. La sigo lamiendo. Debe ceder. Me desespero y la muerdo. Mordida rápida que me deja en la boca una parte de su cuerpo. Cruje, la manzana cruje. ¿Será eso un quejido? ¡Ah, vaya! Con que por fin nos ponemos un poco expresivos. Un poco de jugo me escurre por la boca. ¿Son lágrimas? ¿Estás llorando, zorra? No eras tan inexpresiva, después de todo. Con que muy dura, ¿no? La violencia es un mal necesario. Y estas lágrimas que me dejas en la boca son la prueba gozosa de que es verdad.

Vuelvo a morderla. Vuelve a crujir. Esta vez, más fuerte. Te estás poniendo intensa. Me gusta. Más jugo escurriéndome de la boca. Más piel y carne triturada por mis dientes. Carne blancuzca. Nunca he tenido mucho afecto por las weras, aunque ésta comienza a gustarme. La sostengo en la mano mientras me mira. La piel de un rojo intenso. No te hagas la ruborizada, me molestan las vergüenzas fingidas.

Sigo mordiéndola y sigue quejándose. No modifica el patrón y a mí me desagradan las rutinas. Esto que antes era gozo, comienza a aburrirme. Veo con sorpresa que por delante ya no le queda nada. Sólo unos huesos y el corazón expuestos. Acabé con ella muy rápido. Mucho que ofrecerme no tenía. ¿Y si le doy la vuelta? Detrás aún puede tener sorpresas.

La volteo y no se queja. Se hacía la inexpresiva, la insensible, la frígida… pero voltearla no me ha costado nada. Piruja de Tokio. Empiezo a morderla, rápido, con intensidad. Más jugo y carne en mi boca. No es muy dulce. Incluso me es un poco insípida. Es verdad esto de que las weras no tienen sabor.

Y así como empecé, termino con ella. Ya no queda nada. Unos cuantos huesos y un corazón que no tiene ni un palo para sostenerlo. Me moja las manos. Me molesta, tendré que lavármelas. Comerme una manzana no debería suponer tanto trabajo. Llevo el corazón con los huesos a la basura. ¿Para qué quiero un corazón?

Abro el tacho y sin miramientos tiro los restos de mi víctima. No tengo remordimientos. Tampoco distingo en mí emoción alguna. La loca inició dando buena batalla pero terminó perdiendo como cualquiera. Y ni siquiera ha saciado mi apetito. Mañana, el hombre de la basura vendrá y se la llevará junto con el resto de todo lo demás que he destruido y tirado sin sentir culpa. Y mi apetito no se sacia. En todo caso, pienso que, quizás, lo mejor sea comerme un plátano.

SUMMERTIME

A Mario Urani



Ahora: Dormir. De unos días acá, nada. Quiero dormir abrazado. Solo en casa. Esta noche, nadie. Quiero dormir abrazado. Nadie. No dormir. Tres días. Tres de la semana. Tres semanas. Hace tres meses. Tres de tres, insomne. La cábala. Voy a dejarme las uñas largas. Rascarte la espalda: antojos de embarazada.

Recuerdo: Tu piel en mis uñas. Padrastros. Los muerdo y como. Algo de ti en mí. Yo abajo y tú arriba. Al fondo. Una telaraña me saluda en lo alto de tu casa. Me mira tambaleante. Ella, no yo. Ella tambaleante. Se mueve al saludarme. ¿O el aire la mueve? ¿Me saluda? Mejor me voy. No soporto esta alegría. Mirar tu cara. La verruga en el cuello. Tus lunares. La curva del glúteo. Ojos azules. El cabello rubio y rizado. El pelo de la nariz. Se mueve al exhalar. El pelo se mueve. ¿O la telaraña en lo alto? ¿Algo se mueve? ¿Algo en mí? ¿En ti? Tus ojos cerrados. Pilas de discos. Pilas de libros. Te beso y ella canta Summertime.

Ahora: Él habla. Las piernas cruzadas. Ceñir a los demás. Frentes de conflicto. Escribo. Él entra. El master. Traductor mexicano, me dice. Regala libros. Dos chistes. Tres chistes. Marcha. Seguimos. Delante de éste no se puede hablar.

Nuevo ahora: Piernas cruzadas sigue. Habla. Habla. Habla. No para. Lo miro coqueto, sonrío.

Otro ahora: Té con medialunas. Y seguimos. Y yo, nada. Escribo. Y nada. No se puede decir nada. O sí. Una cosa. Que quiero verte. Otra vez. Una vez más. Al menos.

Después:












































CUERPO DESNUDO DEL DELITO



A “Beto”.


Me acosté y noté que mi cama aún huele a sexo
la olí
no lo creía
así que la olí
es tu perfume
tomé las sábanas para olerlas de nuevo
y sólo pude empezar a tocarme
y tu recuerdo se hizo carne.

Sherezade me contó que te ha visto
y la maté
celos
ella reía antes de eso
me contaba una historia donde tú no contestabas mensajes

quizás lo mataron al salir de tu casa
eran casi las seis de la mañana
aún no amanecía

Dijo.

la noche le ocultaba caminando de vuelta
y quizás lo mataron
en una esquina
una banqueta
o sólo te usó y no quiere volver a hablarte.

Nunca tuve la sensación de ser usado
y de la nada llegó
hasta quise llorar
pero no lloro
pero quise llorar
lo reconozco.
RE conocer
conocer mucho
pero no suelo llorar
y me duele el brazo derecho
se me entume el dedo
me duele el hombro
siento tenso el cuello
y quiero una cerveza
una cerveza
indicador de que realmente algo me pasa
me siento usado
quiero llorar
y no pasa nada.

Acostado, me sigo tocando
pensando en ti
en tu piel
en el peso exacto de tu cuerpo sobre el mío
tus piernas duras
las nalgas redondas
tus labios raspando mi cara
tus brazos rodeándome
tu rostro reposando en mi cuello
tus leves ronquidos.

Se me estuvieron pelando los labios
y en cada pedazo de piel se iba el recuerdo de un beso
y me estoy quedando sin nada
y no sé dónde abastecerme otra vez
y quiero hacerlo
quizás me quede acá en la cama
oliendo las sábanas
pegándome la piel en los labios
viendo a Sherezade morir
o escuchando al gallo que canta.

Amanece.




Y nada.

PERFUME DE GARDENIAS



A Paola Soto



 
Te casaste.
Testigo fui.
Vestida de blanco.
Con tu velo mosquitero como toda novia.
Tu sonrisa.
Tu mirada.
El nerviosismo indiscreto.
Tus caderas radiantes.
Él, te miraba, te besaba, te abrazaba, acariciaba.
Tú lo veías, enamorada.
Con tus ojitos de borrego dormilón.
Yo sonreía a lo lejos.
El cura habló y habló. A media homilía recordó que era misa de boda.
Encontró una forma de unir la navidad con tu celebración.
Y siguió hablando.
Cura implacable.
A la salida, el rencuentro con los amigos.
Abrazos.
Besos.
La fiesta, una fiesta.
Para mí.
Felicidad de verte feliz.
Y así pasando la tarde.
Perfume de gardenias.
Ganas de cantártela.
Dedicártela.
Pero baila, mejor baila.
Baila en tu cajita musical.
Yo te miro.
Y te seguiré viendo.
Y también bailaré. Algún día.
Quizás.
Ahora me conformo con verte feliz.
Ya te casaste.
Por fin saliste.
Habrá que deshacernos de la piñata donde te íbamos a meter.
O sacarte de la rifa.
O quitar el anuncio del periódico de cosas de medio uso.
Se fue la paloma principal.
Mi harem perdió a la esposa primera.
Y no hay lágrimas.
Sólo sonrisas.
Y así será.
Así deseo.
Lo sabes.




Te quiero.



DULCE DE LECHE



M: Te has cortado el pelo...
F: ¿Me sienta bien?
M: Te hace un poco cambiado...
F: ¿Para bien o para mal?
M:
F: Justo hoy me acordé de ti.
M: ¿Qué pensaste?
F: No pensé, me acordé. Es distinto.
M:
F: Todo empezó porque soñé contigo. Y después de eso me acordé de ti.
M: ¿Qué soñaste?
F: Hace rato platicaba con unas amigas un poco de vos... vas a morir viejo. ¿Qué soñé? ¿Me vas a psicoanalizar o te cuento con entera libertad?

            Risas

F: Necesito ver si el horario permite contar lo que soñé.
M:
F: Sí, ya se puede. ¿Qué soñé...?
M: ¿Qué hablabas con tus amigas sobre mí? Tú sabes describir muy bien las situaciones…
F: ¡No me preguntes demasiadas cosas! Soy rubia, proceso lento.

            Risas.

M: Eso de las rubias no es cierto... Sólo envidias
F: Soñé... El lugar... No recuerdo bien el lugar. Al cabo tampoco importa demasiado, supongo. Me llamó más la atención el contenido del sueño que el lugar donde sucedía. Ya soñar contigo me llamó la atención, no suelo soñar con personas que conozco poco. Tuve un sueño porno contigo. O sueño erótico, les dicen también. Sueños húmedos, dirían los nerds de Maná. Me gustó. Con mis amigas platicaba de eso.
M: Sí, son nerds. Los Maná. Había un chileno en el recital. Fui a escuchar al ex Depeche mode. Pasó un set muy bueno.
F: Y no me invitaste. No volveré a soñar contigo.
M: Peor es La ley que Maná. Pero ese chileno estaba sorprendido de que no reconocía su acento. Me parecía un cubano o colombiano. Y se ofenden por que se creen lo mejor de Latinoamérica ahora... Sigue con tu sueño.
F: ¿Te molesta que les quieran ganar el lugar a los Argentinos? ¡Ah, no! Cierto, Argentina no es Latinoamérica. Pues... eso, grosso modo. Tuve un sueño erótico con vos. Fue rico. ¿Quieres que te lo describa?
M: ¿Algo novedoso que no hayamos hecho?
F: Hay tanto que no hemos hecho...
M:
F: Si te describo el sueño, te mentiría porque tendría que reconstruir y seguramente terminaría agregando cosas para darle un posible sentido de secuencia. Pero recuerdo algunas cosas. Las recuerdo porque ya antes las recordaba. Antes del sueño. Y bueno, en el sueño aparecieron de nuevo.
M:
F: … ¿Y? ¿No te sientes orgulloso de que te haya soñado?
M:
F: ¿No?
M:
F: Mmmmm... ¡Cómo! Mirá vos… Claro, así suele ser. Pasa cuando pasa. Pero bue... nadie se ha muerto de eso, mucho menos de gripe. Al final, todo regresa al mismo sitio. El punto de partida donde se originó todo. Polvo somos y en polvo te convertirás.
M: Estás filosófico...
F: No. Estoy taciturno. La falta de cafeína. O el exceso de dulce de leche. Un pote entero en 4 días. Los barros. Si no es la hormona, es el dulce de leche.
M: Vas a rodar... Engorda ese dulce...
F: El dulce se mantiene tal cual. Nunca engorda. Se mantiene tal cual, como es. Y al contrario, él se reduce. Se reduce mientras ríe al ver cómo los demás engordan al comerlo. Y él se reduce. Y ríe. Ríe hasta desaparecer. Y los demás... Los demás con una lonja extra previa al verano. Imposible usar sungas en ese estado. Prohibido tomar el sol en la playa con el flotador integrado. Enterrarse en la arena. Meterse en una concha. Que el mar te cubra. Prueba eso, que el mar te cubra.
M: Me encanta el mar. Y el lago. O los ríos anchos y cristalinos. Me gusta nadar.
F: A mí me gusta la lluvia.
M: Me gustan las frutas. Las nueces, almendras. La crema. El repollo. El palmito. Las frutas secas.
F: Las frutas secas me recuerdan la Navidad
M: El aceite de oliva o el de uva. La carne argentina. La crema. El budín de pan con crema. El vino blanco con hielo (mucho). La marihuana. El coco. Los canelones.
F: Me gustan las flores, un buen ramo de flores sin papel celofán ni moños de colores.
M: Por supuesto.
F: Me gustan los besos en el cuello. Me gusta caminar en los días soleados. Regálame una foto. Una foto tuya.
M: Es pesada, lo único.

            Silencio. Transferencia de archivo.

M: Me voy a dormir… Un beso.
F: Gracias. No sueñes conmigo. Yo prometo dejar de soñar contigo.

            Risas.

M: Tonto.
F: Lo digo en serio.
M: Yo no manejo mis sueños... Ellos lo hacen. Para angustiarme a veces incluso.
F: Es desconcertante, ir sin tener el volante ni poder pisar el freno. Hacer un cambio en la velocidad. O encender los limpiadores del parabrisas. Como sea, lo mejor es dormir.
M: No entiendo.
F: Es un sueño recurrente. Últimamente tengo dos sueños recurrentes. Que manejo es uno. Manejo y no puedo frenar. Siempre voy en el carro de mi hermana. Me gusta ese carro. Manejo y no puedo frenar.
M: No tienes que manejar.
F:
M: ¿Y llegas?
F: Sí. Siempre llego. Pero con miedo. Miedo a chocar.
M: ¿Entonces? Qué mejor.
F: Quiero frenar y no puedo.
M: Mejor. Ni tienes que manejar.
F: Piso el pedal al fondo y el carro no se detiene.
M: Y vas sin frenar. Eso es algo que no controlas.
F: Sí. Ése es uno.
M: Te viene bien a ti.
F: El otro es más complejo, sólo se cuenta comiendo cereal.
M: Crees que la palabra controla todo.
F: Soy semiótico, no puedo evitarlo.

            Risas.

M: Bueno a dormir. Byesssssss.
F: Bye. Vete a dormir y deja caer tu conciencia en la almohada. Que se pierda.
M: Eso es bueno... Veremos qué sucede entonces.
F: Que no te recuerde que quizás, y sólo quizás, esta noche pueda soñar de nuevo contigo. Pero no debes hacerte cargo, por lo tanto, podrás dormir.

            Risas.

M: Bueno… veremos que pasa.