APOLO Y DAFNE
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I
El río Peneo descansa tranquilo en el bosque. El sonido del agua es tenue, es un río viejo. Llega Apolo con su carcaj en la espalda. El dios es joven, hermoso, de piel bronceada. Apolo se agacha a beber del agua de Peneo pero se entretiene contemplando su imagen en el agua. Apolo deja ropa y carcaj en el suelo y entra en el río Peneo. Peneo despierta.
PENEO: ¿Quién eres?
APOLO: El vencedor de Pitón.
PENEO: Estas agua son sagradas, no puedes usarlas.
APOLO: Si son sagradas, son propiedad de los dioses. Soy Apolo, hijo de Zeus.
PENEO: El padre de los dioses me concedió la facultad de cambiar de forma a aquél que tome de mi agua, ¿estás dispuesto a correr el riesgo?
APOLO: Soy un dios, no puedes afectarme.
PENEO: Puedo hacerlo.
Apolo se levanta.
APOLO: No he bebido tu agua, sólo busco refrescarme. Estoy cansado. Tras largas faenas he vencido al azote de los hombres: la serpiente Pitón. La batalla fue dura pero mis flechas superiores. No hay en el universo nadie que utilice el arco como yo, soy el mejor. Los pueblos del mundo me rindieron sacrificios en agradecimiento, utilizaron la sangre de la serpiente para alabarme, a mí, su libertador. La serpiente fue un buen rival pero mi gloria es mayor.
PENEO: Eres valiente, joven olímpico. Tienes el valor y la belleza de los hijos de Zeus.
APOLO: Soy el arquero, el conductor del carro del sol.
PENEO: Tu valor en la batalla merece ser recompensado. Toma de mi agua, que no te afectará en nada.
APOLO: Sólo quiero refrescarme.
PENEO: Déjame hacerlo. Acuéstate y te daré el descanso necesario.
APOLO: ¿Cómo puedes hacerlo?
PENEO: Sólo recuéstate.
Apolo se acuesta. Peneo da masaje con sus aguas a Apolo.
APOLO: Mi cuerpo es sol al atardecer. Mis músculos, fuertes en otro momento, ahora son una suave masa. Tensos en un tiempo, ahora descansan. Tu agua me recorre lentamente, cada gota se desliza lenta por mi piel, la acaricia, la refresca. Es lo que necesitaba, lo que mi ser pedía. El delicioso placer que tu agua proporciona. Creo en verdad que tu agua tiene magia, viejo río, pues no había sentido esta sensación que me estás dando.
Llega el viento.
PENEO: Es la sabiduría que otorga los años. Soy agua, uno de los principales elementos. Soy vida, movimiento. Tengo la facultad de purificar, de revitalizar. Te ayudaré a recobrar la fuerza perdida.
APOLO: Nadie me ha vencido, ni el cansancio ni nadie. Aún ahora puedo librar mil batallas y salir triunfante.
PENEO: No seas soberbio, joven dios. Soy un viejo y sé lo que te digo. La experiencia me ha dado sabiduría para conocer que lo que te digo no es falso.
APOLO: Soy el dios de los oráculos, el sabio. Por más que vivas y experiencia que adquieras, nunca tendrás la sabiduría que yo tengo.
PENEO: Quizá sea cierto, pero no confíes tanto en eso.
Apolo se levanta.
APOLO: ¿Dudas de lo que digo?
PENEO: No, joven dios, no dudo. Pero sería prudente que atendieras a lo que te estoy diciendo. Considéralo y verás que es cierto. La soberbia es un mal que puede perder a los hombres.
APOLO: Soy un dios.
PENEO: Mortales e inmortales pueden caer. Han sido muchos los que han visto ante sí caer sus planes y proyectos. Los ven derrumbarse como torres de arena.
APOLO: Yo no creo torres de arena.
PENEO: Zeus venció a su propio padre utilizando sus debilidades. Ten cuidado de no explotar las tuyas.
Apolo sale de Peneo y se viste, se coloca el carcaj.
PENEO: No quise molestarte, joven dios, sólo te digo lo que veo y considero puede servirte, así como he dado descanso a tu cuerpo, también buscaba dar descanso a tu alma.
APOLO: Te juzgas muy benignamente. Sería mejor que vieras lo que tú haces antes de dar consejos a otros. Sabes tranquilizar un cuerpo cansado, pero nadie te pidió consejos. Guárdalos para los débiles, para los que están por debajo de ti, no para los superiores. Yo recorro todos los días el cielo en mi carro, recorro el universo entero. Tú te arrastras por la tierra, reptas como serpiente, eres servil, ¿cómo pretendes decirle cosas a un espíritu libre? Mi imagen se refleja en tu agua cada que recorro los cielos, estando yo por arriba no eres nadie pare decirme lo que debo hacer.
PENEO: Siento haberte ofendido. No era mi objetivo. Te ofrezco mis disculpas.
APOLO: De ti no deseo nada. Recuerda este día como aquél en que fuiste bendecido, el día en que el sol bajó hasta ti. Recuérdalo porque nunca más sucederá. Nunca más aceptaré algo de ti ni de nadie de tu casta. La ofensa que me has hecho es imperdonable.
PENEO: Creo que estás haciendo demasiado grande un simple consejo.
APOLO: No hay más que decir. El dios Apolo abandona la casta de Peneo.
Apolo se va. El sonido del agua se torna un poco violento. El viento recorre por atrás a Peneo y sale siguiendo a Apolo.
PENEO: ¿Quién eres?
APOLO: El vencedor de Pitón.
PENEO: Estas agua son sagradas, no puedes usarlas.
APOLO: Si son sagradas, son propiedad de los dioses. Soy Apolo, hijo de Zeus.
PENEO: El padre de los dioses me concedió la facultad de cambiar de forma a aquél que tome de mi agua, ¿estás dispuesto a correr el riesgo?
APOLO: Soy un dios, no puedes afectarme.
PENEO: Puedo hacerlo.
Apolo se levanta.
APOLO: No he bebido tu agua, sólo busco refrescarme. Estoy cansado. Tras largas faenas he vencido al azote de los hombres: la serpiente Pitón. La batalla fue dura pero mis flechas superiores. No hay en el universo nadie que utilice el arco como yo, soy el mejor. Los pueblos del mundo me rindieron sacrificios en agradecimiento, utilizaron la sangre de la serpiente para alabarme, a mí, su libertador. La serpiente fue un buen rival pero mi gloria es mayor.
PENEO: Eres valiente, joven olímpico. Tienes el valor y la belleza de los hijos de Zeus.
APOLO: Soy el arquero, el conductor del carro del sol.
PENEO: Tu valor en la batalla merece ser recompensado. Toma de mi agua, que no te afectará en nada.
APOLO: Sólo quiero refrescarme.
PENEO: Déjame hacerlo. Acuéstate y te daré el descanso necesario.
APOLO: ¿Cómo puedes hacerlo?
PENEO: Sólo recuéstate.
Apolo se acuesta. Peneo da masaje con sus aguas a Apolo.
APOLO: Mi cuerpo es sol al atardecer. Mis músculos, fuertes en otro momento, ahora son una suave masa. Tensos en un tiempo, ahora descansan. Tu agua me recorre lentamente, cada gota se desliza lenta por mi piel, la acaricia, la refresca. Es lo que necesitaba, lo que mi ser pedía. El delicioso placer que tu agua proporciona. Creo en verdad que tu agua tiene magia, viejo río, pues no había sentido esta sensación que me estás dando.
Llega el viento.
PENEO: Es la sabiduría que otorga los años. Soy agua, uno de los principales elementos. Soy vida, movimiento. Tengo la facultad de purificar, de revitalizar. Te ayudaré a recobrar la fuerza perdida.
APOLO: Nadie me ha vencido, ni el cansancio ni nadie. Aún ahora puedo librar mil batallas y salir triunfante.
PENEO: No seas soberbio, joven dios. Soy un viejo y sé lo que te digo. La experiencia me ha dado sabiduría para conocer que lo que te digo no es falso.
APOLO: Soy el dios de los oráculos, el sabio. Por más que vivas y experiencia que adquieras, nunca tendrás la sabiduría que yo tengo.
PENEO: Quizá sea cierto, pero no confíes tanto en eso.
Apolo se levanta.
APOLO: ¿Dudas de lo que digo?
PENEO: No, joven dios, no dudo. Pero sería prudente que atendieras a lo que te estoy diciendo. Considéralo y verás que es cierto. La soberbia es un mal que puede perder a los hombres.
APOLO: Soy un dios.
PENEO: Mortales e inmortales pueden caer. Han sido muchos los que han visto ante sí caer sus planes y proyectos. Los ven derrumbarse como torres de arena.
APOLO: Yo no creo torres de arena.
PENEO: Zeus venció a su propio padre utilizando sus debilidades. Ten cuidado de no explotar las tuyas.
Apolo sale de Peneo y se viste, se coloca el carcaj.
PENEO: No quise molestarte, joven dios, sólo te digo lo que veo y considero puede servirte, así como he dado descanso a tu cuerpo, también buscaba dar descanso a tu alma.
APOLO: Te juzgas muy benignamente. Sería mejor que vieras lo que tú haces antes de dar consejos a otros. Sabes tranquilizar un cuerpo cansado, pero nadie te pidió consejos. Guárdalos para los débiles, para los que están por debajo de ti, no para los superiores. Yo recorro todos los días el cielo en mi carro, recorro el universo entero. Tú te arrastras por la tierra, reptas como serpiente, eres servil, ¿cómo pretendes decirle cosas a un espíritu libre? Mi imagen se refleja en tu agua cada que recorro los cielos, estando yo por arriba no eres nadie pare decirme lo que debo hacer.
PENEO: Siento haberte ofendido. No era mi objetivo. Te ofrezco mis disculpas.
APOLO: De ti no deseo nada. Recuerda este día como aquél en que fuiste bendecido, el día en que el sol bajó hasta ti. Recuérdalo porque nunca más sucederá. Nunca más aceptaré algo de ti ni de nadie de tu casta. La ofensa que me has hecho es imperdonable.
PENEO: Creo que estás haciendo demasiado grande un simple consejo.
APOLO: No hay más que decir. El dios Apolo abandona la casta de Peneo.
Apolo se va. El sonido del agua se torna un poco violento. El viento recorre por atrás a Peneo y sale siguiendo a Apolo.
II
Cupido, sentado en una piedra, toca el arpa. Llega Apolo. Lo observa, sonríe altaneramente.
APOLO: ¿Qué haces?
CUPIDO: ¿No ves? Toco.
APOLO: ¿Tocas? ¿Llamas tocar a esos rasgueos?
CUPIDO: ¿Tú puedes hacerlo mejor?
APOLO: La pregunta es obvia. Por supuesto que toco mejor, mil veces mejor. Tocando el arpa atraje doncellas, ninfas, oceánides, nereidas. No ha habido mujer capaz de resistir los encantos de mi arpa.
CUPIDO: ¿Y tú has resistido a tantas mujeres?
APOLO: Hasta ahora no he sucumbido a la carne femenina. No ha nacido aquella que me abra los poros, que me despierte el deseo.
CUPIDO: Por muy bueno que seas tocando el arpa, no serías capaz de hacer nada sin la fuerza del amor.
APOLO: ¿Hablas de tus flechas? La pasión que provocan es apenas comparable con una paja ardiendo. Un aire sencillo es necesario para acabarla.
CUPIDO: Puedes ser un dios fuerte y poderoso, pero no serías capaz de resistir la locura que tendrías si te flechara.
APOLO: Para el amor no son necesarias tus flechas, afeminado joven.
Cupido prepara arco y flecha y apunta a Apolo. Él lo mira sonriente.
APOLO: No estés jugando con esas cosas, niño, te puedes lastimar.
CUPIDO: ¿Quieres probar el calor que puedo dejar en ti? ¿Quieres sentirte arder por dentro y no encontrar agua alguna que sea capaz de apagar lo que te quema?
APOLO: Yo soy el sol, nada es capaz de quemar más que yo.
CUPIDO: Una flecha, una sola de mis flechas bastaría para tenerte loco.
APOLO: Lo primero que deberías hacer es aprender a apuntar, después debes aprender a medir tu lengua. Sueltas demasiadas palabras. Son como golondrinas en verano.
CUPIDO: Un solo disparo sería necesario para quitarte la sonrisa.
APOLO: Ni tu madre ha sido capaz de quitarme la sonrisa.
Silencio. Apolo y Cupido se miran. Apolo ríe viendo a Cupido, él tiene el arco tensado a punto de disparar.
APOLO: Deberías dejar esas armas para alguien que sepa manejarlas.
CUPIDO: ¿Tú?
APOLO: Con un solo disparo vencí a la serpiente Pitón. ¿Crees que con una de tus flechas hubieras podido derrotarla?
CUPIDO: Lo hubiera hecho.
APOLO: Los hombres clamaron ayuda, del Olimpo sólo bajé yo para cumplir la faena. Ni siquiera Zeus quiso lanzar sus centellas. ¿Crees que con tus ridículas flechas hubieras salvado a los hombres? Si tú hubieras realizado la misión los hombres sólo tendrían más problemas con una serpiente enamorada. Deja en paz esas armas y dedícate a contemplar mi grandeza. Los gritos que escuchas no dicen Cupido, dicen ¡Apolo! ¡Apolo! Claman al conductor del carro del sol, al de las grandes proezas. Deja de lucirte, dios menor, no pretendas ser como yo, el arco y la flecha fueron creados para mis manos.
CUPIDO: Quizá lograste vencer a la gran serpiente, conductor del carro del sol, pero yo soy capaz de vencerte. Cuando sientas el cuerpo arder en loca pasión, recordarás este momento, y ni porque tomaras la sangre misma de la serpiente vencida lograrías aplacar las llamas que te consumen. No hay poder que venza al amor.
APOLO: Inténtalo.
Cupido dispara. Apolo agarra la flecha en el aire, la observa y después la rompe. Sonríe.
APOLO: Mejor sigue jugando, pequeño. Sueña con las cosas que nunca harás.
Apolo da la vuelta y sigue su camino. Cupido lo mira. Recoge su flecha. Llega el viento.
VIENTO: ¿Molesto, joven de rizados cabellos?
CUPIDO: Molesto.
VIENTO: Escuché lo que te dijo. Altanero el dios.
CUPIDO: Se comerá sus palabras. Una por una. No hay poder más fuerte que el del amor.
VIENTO: ¿Qué piensas hacer?
CUPIDO: Flecharlo.
VIENTO: Deberás hacerlo con mucho cuidado. El dios es rápido, tomó tu flecha del aire. Ni siquiera yo soy más rápido que tus saetas.
CUPIDO: Sé cómo hacerlo.
VIENTO: Buenas deben ser tus magias si pretendes vencer al dios. Es el de los oráculos, el sabio.
CUPIDO: El sabio perderá la cabeza. El amor es más fuerte que la sabiduría.
Cupido toma tierra, empieza a labrar dos flechas.
VIENTO: ¿Qué haces, hermoso joven?
CUPIDO: Dos flechas, las flechas necesarias para derrotar al dios.
VIENTO: ¿De tierra?
CUPIDO: Sí, de tierra, de lo fértil. Basta que la semilla toque el suelo para que germine. Así será el corazón de Apolo, tierra donde la semilla caiga. Entonces crecerá como los árboles, grande, frondosa, desmedida. Así será el amor que a Apolo infunda.
VIENTO: ¿Clavarás en el dios dos flechas?
CUPIDO: Sólo una.
VIENTO: ¿La otra?
CUPIDO: Debo encontrar a alguien a quién flechar. No quiero que Apolo se ame a sí mismo más de lo que ya lo hace, quiero que se enamore de alguien, de alguien que no le corresponda.
VIENTO: ¿Por qué son de colores?
CUPIDO: La de oro es para Apolo, es el amor desmedido, incontrolable. La plomiza es para el otro ser que fleche, es la carencia de amor. Quien quede flechado con esta flecha perderá el amor por los otros y se querrá consagrar a la virginidad eterna.
VIENTO: Si quieres vengarte en verdad, deberías flechar a una vaca.
CUPIDO: Las vacas no son seres capaces de resistir el amor de los dioses. Necesito un ser especial, uno que en verdad sea capaz de oponerse a Apolo. Pero también alguien de quien Apolo se enamore perdidamente.
VIENTO: Creo conocer al ser indicado.
CUPIDO: ¿Quién?
VIENTO: Dafne, la hija del río Peneo. Es una hermosa ninfa. Sus cabellos son como el fuego, su tez es clara como la nieve, su cuerpo es una oda y sus labios invitan a morderlos. No hay ser que la vea que no desee poseerla, acariciar sus caderas. Tomarle el talle y recorrer con las manos todo su cuerpo. Sus suspiros son invitaciones al placer.
CUPIDO: Parece la indicada.
VIENTO: Además, es conveniente a tus planes. No creo que Peneo esté de acuerdo. Entre todos los dioses del Olimpo, el último al que le entregaría a su hija es a Apolo.
CUPIDO: ¿Por qué?
VIENTO: Apolo lo ofendió. Esta mañana, al regresar de cacería, Peneo lo hospedó en sus aguas y Apolo contestó el gesto ofendiéndolo. No creo que Peneo desee que el dios de los oráculos posea a su hija.
CUPIDO: El destino está a mi favor.
VIENTO: Las flechas son hermosas.
CUPIDO: No las toques. No querrás vivir la pasión que a Apolo le espera.
VIENTO: La dorada me atrapa, me hipnotiza, su hermosura es sorprendente. La de plomo es triste, pero es una tristeza seductora.
CUPIDO: Dos amores.
VIENTO: ¿Hay alguna cura para lo que provoquen?
CUPIDO: El amor no tiene cura.
APOLO: ¿Qué haces?
CUPIDO: ¿No ves? Toco.
APOLO: ¿Tocas? ¿Llamas tocar a esos rasgueos?
CUPIDO: ¿Tú puedes hacerlo mejor?
APOLO: La pregunta es obvia. Por supuesto que toco mejor, mil veces mejor. Tocando el arpa atraje doncellas, ninfas, oceánides, nereidas. No ha habido mujer capaz de resistir los encantos de mi arpa.
CUPIDO: ¿Y tú has resistido a tantas mujeres?
APOLO: Hasta ahora no he sucumbido a la carne femenina. No ha nacido aquella que me abra los poros, que me despierte el deseo.
CUPIDO: Por muy bueno que seas tocando el arpa, no serías capaz de hacer nada sin la fuerza del amor.
APOLO: ¿Hablas de tus flechas? La pasión que provocan es apenas comparable con una paja ardiendo. Un aire sencillo es necesario para acabarla.
CUPIDO: Puedes ser un dios fuerte y poderoso, pero no serías capaz de resistir la locura que tendrías si te flechara.
APOLO: Para el amor no son necesarias tus flechas, afeminado joven.
Cupido prepara arco y flecha y apunta a Apolo. Él lo mira sonriente.
APOLO: No estés jugando con esas cosas, niño, te puedes lastimar.
CUPIDO: ¿Quieres probar el calor que puedo dejar en ti? ¿Quieres sentirte arder por dentro y no encontrar agua alguna que sea capaz de apagar lo que te quema?
APOLO: Yo soy el sol, nada es capaz de quemar más que yo.
CUPIDO: Una flecha, una sola de mis flechas bastaría para tenerte loco.
APOLO: Lo primero que deberías hacer es aprender a apuntar, después debes aprender a medir tu lengua. Sueltas demasiadas palabras. Son como golondrinas en verano.
CUPIDO: Un solo disparo sería necesario para quitarte la sonrisa.
APOLO: Ni tu madre ha sido capaz de quitarme la sonrisa.
Silencio. Apolo y Cupido se miran. Apolo ríe viendo a Cupido, él tiene el arco tensado a punto de disparar.
APOLO: Deberías dejar esas armas para alguien que sepa manejarlas.
CUPIDO: ¿Tú?
APOLO: Con un solo disparo vencí a la serpiente Pitón. ¿Crees que con una de tus flechas hubieras podido derrotarla?
CUPIDO: Lo hubiera hecho.
APOLO: Los hombres clamaron ayuda, del Olimpo sólo bajé yo para cumplir la faena. Ni siquiera Zeus quiso lanzar sus centellas. ¿Crees que con tus ridículas flechas hubieras salvado a los hombres? Si tú hubieras realizado la misión los hombres sólo tendrían más problemas con una serpiente enamorada. Deja en paz esas armas y dedícate a contemplar mi grandeza. Los gritos que escuchas no dicen Cupido, dicen ¡Apolo! ¡Apolo! Claman al conductor del carro del sol, al de las grandes proezas. Deja de lucirte, dios menor, no pretendas ser como yo, el arco y la flecha fueron creados para mis manos.
CUPIDO: Quizá lograste vencer a la gran serpiente, conductor del carro del sol, pero yo soy capaz de vencerte. Cuando sientas el cuerpo arder en loca pasión, recordarás este momento, y ni porque tomaras la sangre misma de la serpiente vencida lograrías aplacar las llamas que te consumen. No hay poder que venza al amor.
APOLO: Inténtalo.
Cupido dispara. Apolo agarra la flecha en el aire, la observa y después la rompe. Sonríe.
APOLO: Mejor sigue jugando, pequeño. Sueña con las cosas que nunca harás.
Apolo da la vuelta y sigue su camino. Cupido lo mira. Recoge su flecha. Llega el viento.
VIENTO: ¿Molesto, joven de rizados cabellos?
CUPIDO: Molesto.
VIENTO: Escuché lo que te dijo. Altanero el dios.
CUPIDO: Se comerá sus palabras. Una por una. No hay poder más fuerte que el del amor.
VIENTO: ¿Qué piensas hacer?
CUPIDO: Flecharlo.
VIENTO: Deberás hacerlo con mucho cuidado. El dios es rápido, tomó tu flecha del aire. Ni siquiera yo soy más rápido que tus saetas.
CUPIDO: Sé cómo hacerlo.
VIENTO: Buenas deben ser tus magias si pretendes vencer al dios. Es el de los oráculos, el sabio.
CUPIDO: El sabio perderá la cabeza. El amor es más fuerte que la sabiduría.
Cupido toma tierra, empieza a labrar dos flechas.
VIENTO: ¿Qué haces, hermoso joven?
CUPIDO: Dos flechas, las flechas necesarias para derrotar al dios.
VIENTO: ¿De tierra?
CUPIDO: Sí, de tierra, de lo fértil. Basta que la semilla toque el suelo para que germine. Así será el corazón de Apolo, tierra donde la semilla caiga. Entonces crecerá como los árboles, grande, frondosa, desmedida. Así será el amor que a Apolo infunda.
VIENTO: ¿Clavarás en el dios dos flechas?
CUPIDO: Sólo una.
VIENTO: ¿La otra?
CUPIDO: Debo encontrar a alguien a quién flechar. No quiero que Apolo se ame a sí mismo más de lo que ya lo hace, quiero que se enamore de alguien, de alguien que no le corresponda.
VIENTO: ¿Por qué son de colores?
CUPIDO: La de oro es para Apolo, es el amor desmedido, incontrolable. La plomiza es para el otro ser que fleche, es la carencia de amor. Quien quede flechado con esta flecha perderá el amor por los otros y se querrá consagrar a la virginidad eterna.
VIENTO: Si quieres vengarte en verdad, deberías flechar a una vaca.
CUPIDO: Las vacas no son seres capaces de resistir el amor de los dioses. Necesito un ser especial, uno que en verdad sea capaz de oponerse a Apolo. Pero también alguien de quien Apolo se enamore perdidamente.
VIENTO: Creo conocer al ser indicado.
CUPIDO: ¿Quién?
VIENTO: Dafne, la hija del río Peneo. Es una hermosa ninfa. Sus cabellos son como el fuego, su tez es clara como la nieve, su cuerpo es una oda y sus labios invitan a morderlos. No hay ser que la vea que no desee poseerla, acariciar sus caderas. Tomarle el talle y recorrer con las manos todo su cuerpo. Sus suspiros son invitaciones al placer.
CUPIDO: Parece la indicada.
VIENTO: Además, es conveniente a tus planes. No creo que Peneo esté de acuerdo. Entre todos los dioses del Olimpo, el último al que le entregaría a su hija es a Apolo.
CUPIDO: ¿Por qué?
VIENTO: Apolo lo ofendió. Esta mañana, al regresar de cacería, Peneo lo hospedó en sus aguas y Apolo contestó el gesto ofendiéndolo. No creo que Peneo desee que el dios de los oráculos posea a su hija.
CUPIDO: El destino está a mi favor.
VIENTO: Las flechas son hermosas.
CUPIDO: No las toques. No querrás vivir la pasión que a Apolo le espera.
VIENTO: La dorada me atrapa, me hipnotiza, su hermosura es sorprendente. La de plomo es triste, pero es una tristeza seductora.
CUPIDO: Dos amores.
VIENTO: ¿Hay alguna cura para lo que provoquen?
CUPIDO: El amor no tiene cura.
III
El río Peneo observa orgulloso a su hija, Dafne, la hermosa ninfa de cabellos de fuego y tez blanca. Ella se lava el cabello en su padre.
PENEO: ¿Qué habrán pensado los dioses cuando te hicieron, hija?
DAFNE: (Ríe). ¿Por qué?
PENEO: Tu belleza bien puede causar envidia entre las diosas del Olimpo.
DAFNE: Mi belleza no es comparable a la de las diosas. Ellas son como el oro, como el fuego. Tesoros que sólo pueden aspirarse en sueños. El nombre de aquellos que son favorecidos por ellas, será eterno en la memoria.
PENEO: Tú has sido favorecida. Tus cabellos son como el fuego mismo. Tus ojos verdes… parecen frutos desconocidos. Tu piel blanca es más fina que la nieve. ¿No son bendiciones divinas?
DAFNE: En todo caso tú fuiste el favorecido, los dioses te bendijeron con esta hermosa hija (Sonríe).
PENEO: No seas soberbia. Da gracias por la belleza y ocúpala para las virtudes.
DAFNE: ¿Y para qué virtudes debo consagrarla?
PENEO: Para las mejores, hija. Con esa belleza has de ser favorecida con alguien digno de poseerte.
DAFNE: Hombres, faunos, centauros. La única diferencia es que unos son caballos, otros chivos y los otros son los más indefensos. No hay en la tierra alguien que despierte en mí la menor provocación.
PENEO: Ya llegará alguien. No desesperes. Tus cabellos son una antorcha que llama en la noche. Guiarán al ser indicado.
DAFNE: Por la noche, las antorchas lo único que atraen son insectos.
PENEO: No seas pesimista. Espero ver pronto a los descendientes de la casta de Peneo jugar en mis aguas. Serán muchos, como las estrellas del cielo.
DAFNE: Primero que haya alguien digno de perpetrar la casta de Peneo y después sueña que las estrellas del cielo jueguen en tus aguas, padre.
PENEO: Llegará.
DAFNE: En la tierra no hay nadie; quizá en el cielo...
PENEO: Ten cuidado con los seres celestes, más con los que habitan el Olimpo. Los dioses son hermosos y pueden obtener lo que deseen. Se enamoran con la misma facilidad con la que el sol marchita las flores.
DAFNE: Yo sólo quiero alguien dispuesto a estar conmigo. No deseo las glorias del Olimpo, ni siquiera el reconocimiento a la mujer de un héroe.
PENEO: Quiero que contraigas nupcias pronto, hija. Mis aguas están cansadas.
DAFNE: Padre, tus aguas son ya muy viejas. Has dado vida a plantas, flores, árboles frutales. Alientas a los seres que de ti toman. Eso lo seguirás haciendo por mucho tiempo. Tus aguas quizá estén cansadas, pero el cause aún es amplio. Pasarán muchas centurias sin que se sequen. En nada cambiará el que me case ahora o más tarde.
PENEO: No seas ingrata. Dale ese gusto a este anciano.
DAFNE: Primero esperemos que llegue alguien con quién compartir. No soy como las cigarras para engendrar en tierra.
PENEO: Pero no seas tan cerrada. Son muchos los que te han cortejado. Tu belleza engendra historias. De todos los rincones el aire trae palabras que hablan de la belleza de Dafne, hija de Peneo. Son muchos los que atraídos por las historias llegan hasta acá a comprobar la belleza de la ninfa de los cabellos de fuego y piel de nieve. La de melosas caderas. ¿Cómo no saber si entre ellos está aquél que atrape tu corazón?
DAFNE: He sido cuidadosa en observar a los que vienen siguiendo historias. Hasta ahora ninguno de ellos ha sido capaz de despertar en mí una pasión que incendie mi cuerpo, que cambie mi piel de nieve en ardiente deseo.
PENEO: ¿No hay nadie que te guste?
DAFNE: El sol, me gustan las caricias del sol en mi piel. Pero es tan lejano.
PENEO: No hija, el sol no. El sol no calienta, quema. Nunca te acerques a él. Cuídate del conductor de su carro, sus palabras son peores que sus flechas.
DAFNE: ¿Por qué dices eso?
PENEO: Soy un río viejo, he visto muchas cosas.
DAFNE: No sé. He de decir que si quisiera quedar prendada de alguien, quizá el sol sea el indicado. Me gusta su calor.
PENEO: No busques el mal cuando no es lo que está escrito para ti. Sé más indulgente y busca entre los que a ti llegan a aquél que te dé lo que deseas.
DAFNE: Está bien, padre.
PENEO: Anda, camina por el bosque. La sombra te ayudará a buscar buenos pensamientos.
DAFNE: Gracias.
Dafne besa a Peneo y va hacia el bosque.
PENEO: ¿Qué habrán pensado los dioses cuando te hicieron, hija?
DAFNE: (Ríe). ¿Por qué?
PENEO: Tu belleza bien puede causar envidia entre las diosas del Olimpo.
DAFNE: Mi belleza no es comparable a la de las diosas. Ellas son como el oro, como el fuego. Tesoros que sólo pueden aspirarse en sueños. El nombre de aquellos que son favorecidos por ellas, será eterno en la memoria.
PENEO: Tú has sido favorecida. Tus cabellos son como el fuego mismo. Tus ojos verdes… parecen frutos desconocidos. Tu piel blanca es más fina que la nieve. ¿No son bendiciones divinas?
DAFNE: En todo caso tú fuiste el favorecido, los dioses te bendijeron con esta hermosa hija (Sonríe).
PENEO: No seas soberbia. Da gracias por la belleza y ocúpala para las virtudes.
DAFNE: ¿Y para qué virtudes debo consagrarla?
PENEO: Para las mejores, hija. Con esa belleza has de ser favorecida con alguien digno de poseerte.
DAFNE: Hombres, faunos, centauros. La única diferencia es que unos son caballos, otros chivos y los otros son los más indefensos. No hay en la tierra alguien que despierte en mí la menor provocación.
PENEO: Ya llegará alguien. No desesperes. Tus cabellos son una antorcha que llama en la noche. Guiarán al ser indicado.
DAFNE: Por la noche, las antorchas lo único que atraen son insectos.
PENEO: No seas pesimista. Espero ver pronto a los descendientes de la casta de Peneo jugar en mis aguas. Serán muchos, como las estrellas del cielo.
DAFNE: Primero que haya alguien digno de perpetrar la casta de Peneo y después sueña que las estrellas del cielo jueguen en tus aguas, padre.
PENEO: Llegará.
DAFNE: En la tierra no hay nadie; quizá en el cielo...
PENEO: Ten cuidado con los seres celestes, más con los que habitan el Olimpo. Los dioses son hermosos y pueden obtener lo que deseen. Se enamoran con la misma facilidad con la que el sol marchita las flores.
DAFNE: Yo sólo quiero alguien dispuesto a estar conmigo. No deseo las glorias del Olimpo, ni siquiera el reconocimiento a la mujer de un héroe.
PENEO: Quiero que contraigas nupcias pronto, hija. Mis aguas están cansadas.
DAFNE: Padre, tus aguas son ya muy viejas. Has dado vida a plantas, flores, árboles frutales. Alientas a los seres que de ti toman. Eso lo seguirás haciendo por mucho tiempo. Tus aguas quizá estén cansadas, pero el cause aún es amplio. Pasarán muchas centurias sin que se sequen. En nada cambiará el que me case ahora o más tarde.
PENEO: No seas ingrata. Dale ese gusto a este anciano.
DAFNE: Primero esperemos que llegue alguien con quién compartir. No soy como las cigarras para engendrar en tierra.
PENEO: Pero no seas tan cerrada. Son muchos los que te han cortejado. Tu belleza engendra historias. De todos los rincones el aire trae palabras que hablan de la belleza de Dafne, hija de Peneo. Son muchos los que atraídos por las historias llegan hasta acá a comprobar la belleza de la ninfa de los cabellos de fuego y piel de nieve. La de melosas caderas. ¿Cómo no saber si entre ellos está aquél que atrape tu corazón?
DAFNE: He sido cuidadosa en observar a los que vienen siguiendo historias. Hasta ahora ninguno de ellos ha sido capaz de despertar en mí una pasión que incendie mi cuerpo, que cambie mi piel de nieve en ardiente deseo.
PENEO: ¿No hay nadie que te guste?
DAFNE: El sol, me gustan las caricias del sol en mi piel. Pero es tan lejano.
PENEO: No hija, el sol no. El sol no calienta, quema. Nunca te acerques a él. Cuídate del conductor de su carro, sus palabras son peores que sus flechas.
DAFNE: ¿Por qué dices eso?
PENEO: Soy un río viejo, he visto muchas cosas.
DAFNE: No sé. He de decir que si quisiera quedar prendada de alguien, quizá el sol sea el indicado. Me gusta su calor.
PENEO: No busques el mal cuando no es lo que está escrito para ti. Sé más indulgente y busca entre los que a ti llegan a aquél que te dé lo que deseas.
DAFNE: Está bien, padre.
PENEO: Anda, camina por el bosque. La sombra te ayudará a buscar buenos pensamientos.
DAFNE: Gracias.
Dafne besa a Peneo y va hacia el bosque.
IV
Dafne camina distraída por el bosque. Llega cupido por la espalda. Quedan iluminados sólo Cupido y Dafne. Cupido saca arco y flecha. Tensa la cuerda. Dafne queda inmóvil. Cupido dispara. Obscuro.
V
Noche de luna llena. Apolo descansa tocando el arpa. Llega Cupido por la espalda. Toma su arco. Dispara. Apolo deja de tocar. Cupido lo mira sonriente y toma la forma de Dafne. Camina hacia Apolo y pasa ante él. Apolo mira la pálida figura de Cupido transformado en Dafne iluminada por la luna y el ondear de sus rojos cabellos.
APOLO: ¿Sueño?
CUPIDO: ¿Sueñas?
APOLO: Sueño, es un sueño. Sólo en sueños podría ver lo que veo.
CUPIDO: ¿Qué ves?
APOLO: Un espíritu. Piel de nieve, fría, pálida.
CUPIDO: Parece bello.
APOLO: Divino.
CUPIDO: ¿Puede existir?
APOLO: Luz de luna encarnada. ¿Quién eres? Dime quién eres.
CUPIDO: ¿Te refieres a mí?
APOLO: Ser de luz. ¿Quién eres?
CUPIDO: Dafne.
APOLO: Dafne. ¿Por qué Zeus, el padre de los dioses, permitió que surgieras en el cosmos? ¿Por qué tuve que verte esta noche de espíritus tristes? ¿Por qué me provocas esto que siento?
CUPIDO: ¿Qué sientes?
APOLO: La piel me llora, los poros se me han abierto. Mis dedos ruegan tocarte. Mis labios quieren probarte, recorrerte. ¿Quién eres?
Apolo camina hacia Cupido e intenta tocarlo, él lo evita.
CUPIDO: Dafne. Mi nombre es Dafne.
APOLO: ¿Quién eres que provocas tal efecto? Dime más de ti, háblame. Déjame escucharte.
Nuevamente intenta agarrarlo pero Cupido se aleja.
APOLO: Habla.
CUPIDO: …
APOLO: ¿Quién eres?
CUPIDO: Un sueño.
APOLO: Un sueño hermoso.
CUPIDO: (Sonriendo) Sólo un sueño.
APOLO: ¿Es posible enamorarse de un sueño?
CUPIDO: No, los sueños son una mentira.
APOLO: No es verdad. Mi corazón no estaría así si fueras una mentira, una simple imagen. Tengo un fuego, me quema.
CUPIDO: Eres el sol.
APOLO: Apaga este calor.
CUPIDO: ¿Quién soy para apagar el fuego del sol?
APOLO: Déjame tocarte.
CUPIDO: Soy blanca como nieve, el sol no puede tocarme.
APOLO: Tu cabello, tu cabello es de fuego, es parte de mí, puedo tocarlo. Une tu piel a la mía, no pasará nada. Sólo la satisfacción de dos deseos.
CUPIDO: ¿Dos deseos?
APOLO: ¿No me deseas?
CUPIDO: Sólo es deseable lo conocido. No te conozco.
APOLO: Yo no te conocía. Te veo y siento que el cuerpo me explota, el ansia me ahoga. Debo tocarte.
Apolo se acerca nuevamente. Cupido deja que lo toque.
APOLO: Suave. Tu piel…
CUPIDO: Ardes.
APOLO: Por ti.
CUPIDO: No sabes quién soy.
APOLO: Quien quiero.
CUPIDO: ¿Cómo puedes querer a alguien que no conoces?
APOLO: Me basta con mirarte. Ver tus ojos verdes, querer perderme en tu cabello, arder en él hasta consumirme. Soñar que tu piel es mía, cada parte de tu cuerpo. Tu piel blanca como luna.
CUPIDO: El sol y la luna son opuestos. No pueden estar juntos. Si los unes, uno elimina al otro.
APOLO: Estoy dispuesto a pagar el precio.
CUPIDO: ¿Seguro?
APOLO: Sí.
CUPIDO: Cierra los ojos.
APOLO: Quiero verte.
CUPIDO: No me veas, siénteme.
Cupido le cubre los ojos a Apolo con la mano y lo besa. Apolo queda paralizado. Cupido se aparta y se aleja sonriendo. Apolo reacciona, abre los ojos y ve que está solo. Busca y sale. Pasa el viento.
APOLO: ¿Sueño?
CUPIDO: ¿Sueñas?
APOLO: Sueño, es un sueño. Sólo en sueños podría ver lo que veo.
CUPIDO: ¿Qué ves?
APOLO: Un espíritu. Piel de nieve, fría, pálida.
CUPIDO: Parece bello.
APOLO: Divino.
CUPIDO: ¿Puede existir?
APOLO: Luz de luna encarnada. ¿Quién eres? Dime quién eres.
CUPIDO: ¿Te refieres a mí?
APOLO: Ser de luz. ¿Quién eres?
CUPIDO: Dafne.
APOLO: Dafne. ¿Por qué Zeus, el padre de los dioses, permitió que surgieras en el cosmos? ¿Por qué tuve que verte esta noche de espíritus tristes? ¿Por qué me provocas esto que siento?
CUPIDO: ¿Qué sientes?
APOLO: La piel me llora, los poros se me han abierto. Mis dedos ruegan tocarte. Mis labios quieren probarte, recorrerte. ¿Quién eres?
Apolo camina hacia Cupido e intenta tocarlo, él lo evita.
CUPIDO: Dafne. Mi nombre es Dafne.
APOLO: ¿Quién eres que provocas tal efecto? Dime más de ti, háblame. Déjame escucharte.
Nuevamente intenta agarrarlo pero Cupido se aleja.
APOLO: Habla.
CUPIDO: …
APOLO: ¿Quién eres?
CUPIDO: Un sueño.
APOLO: Un sueño hermoso.
CUPIDO: (Sonriendo) Sólo un sueño.
APOLO: ¿Es posible enamorarse de un sueño?
CUPIDO: No, los sueños son una mentira.
APOLO: No es verdad. Mi corazón no estaría así si fueras una mentira, una simple imagen. Tengo un fuego, me quema.
CUPIDO: Eres el sol.
APOLO: Apaga este calor.
CUPIDO: ¿Quién soy para apagar el fuego del sol?
APOLO: Déjame tocarte.
CUPIDO: Soy blanca como nieve, el sol no puede tocarme.
APOLO: Tu cabello, tu cabello es de fuego, es parte de mí, puedo tocarlo. Une tu piel a la mía, no pasará nada. Sólo la satisfacción de dos deseos.
CUPIDO: ¿Dos deseos?
APOLO: ¿No me deseas?
CUPIDO: Sólo es deseable lo conocido. No te conozco.
APOLO: Yo no te conocía. Te veo y siento que el cuerpo me explota, el ansia me ahoga. Debo tocarte.
Apolo se acerca nuevamente. Cupido deja que lo toque.
APOLO: Suave. Tu piel…
CUPIDO: Ardes.
APOLO: Por ti.
CUPIDO: No sabes quién soy.
APOLO: Quien quiero.
CUPIDO: ¿Cómo puedes querer a alguien que no conoces?
APOLO: Me basta con mirarte. Ver tus ojos verdes, querer perderme en tu cabello, arder en él hasta consumirme. Soñar que tu piel es mía, cada parte de tu cuerpo. Tu piel blanca como luna.
CUPIDO: El sol y la luna son opuestos. No pueden estar juntos. Si los unes, uno elimina al otro.
APOLO: Estoy dispuesto a pagar el precio.
CUPIDO: ¿Seguro?
APOLO: Sí.
CUPIDO: Cierra los ojos.
APOLO: Quiero verte.
CUPIDO: No me veas, siénteme.
Cupido le cubre los ojos a Apolo con la mano y lo besa. Apolo queda paralizado. Cupido se aparta y se aleja sonriendo. Apolo reacciona, abre los ojos y ve que está solo. Busca y sale. Pasa el viento.
VI
Dafne está en el bosque en medio de una corona de flores, hace un rito de consagración a la luna.
DAFNE: La alegría que da la tranquilidad del alma. La paz que expresa el deseo de ser tuya. Mi cuerpo y mente pidiendo estar sólo contigo. Desde ahora seré para ti alabanza permanente. Mi cuerpo nunca más será tocado. Mis pies pisaran tus huellas, seguiré tu rastro en la tierra, estaré contigo en la cacería. Desde ahora seré hija de la luna. Sólo tu luz tocará mi piel y mis ojos estarán puestos en lo que hagas. Dafne, hija de Peneo, ninfa de Diana. Nueva virgen consagrada.
Llega Apolo.
APOLO: Acá estás, te encontré. Tu aroma fue mi guía.
Dafne voltea extrañada. Apolo camina hacia ella. Dafne le indica que se detenga.
DAFNE: Esto es un espacio sagrado.
APOLO: Lo es, estás tú, estoy yo.
DAFNE: Es espacio consagrado a Diana.
APOLO: Diana tiene su espacio con sus vírgenes, tú eres mía.
DAFNE: Yo soy una virgen de Diana.
APOLO: No puedes, no puedes cuando me has entregado tus labios, cuando tu cuerpo arde tanto como el mío.
Apolo se acerca más. Dafne sale de la corona e intenta poner distancia.
DAFNE: ¿Quién eres?
APOLO: El que te ama.
DAFNE: No sé quién eres.
APOLO: Apolo, el dios del sol.
DAFNE: Me han hablado de ti.
APOLO: Nos conocemos.
DAFNE: No.
APOLO: Me besaste.
DAFNE: Mientes.
APOLO: Tus labios se posaron en los míos. Sentí el calor, el calor verdadero. No puedes negarlo.
DAFNE: La luna es testigo de que he estado acá en consagración a ella. Lo que dices son mentiras. Sólo a Diana dedicaré mi vida. Nadie puede tocarme, ningún mortal lo hará.
APOLO: No soy un mortal soy un dios, el dios del sol, el sabio de los oráculos. No puedes consagrarte a la protectora de las vírgenes. Sólo a mí será tu consagración. Sé mi esposa. Sube conmigo al Olimpo y déjame darte el lugar que en el cosmos te mereces. Serás una estrella, la estrella más hermosa, una estrella blanca, la estrella del sol.
DAFNE: La luna es mi mayor anhelo. No es el sol el que inspira mi deseo.
APOLO: No puedo permitirlo. Tú serás consagrada para mí, no para mi hermana.
DAFNE: No puedes obligarme.
APOLO: No se obliga aquello que tanto se desea.
DAFNE: Mi deseo es ser virgen eterna. Ninfa de Diana.
APOLO: Sé cuál es tu deseo. Tus labios hablaron. Yo seré para ti y tú serás para mí.
Apolo intenta agarrarla, Dafne lo evade. Empieza a seguirla.
APOLO: No huyas. Ven y dame la calma necesaria.
Dafne toma la corona de flores y sale huyendo. Apolo la sigue.
DAFNE: La alegría que da la tranquilidad del alma. La paz que expresa el deseo de ser tuya. Mi cuerpo y mente pidiendo estar sólo contigo. Desde ahora seré para ti alabanza permanente. Mi cuerpo nunca más será tocado. Mis pies pisaran tus huellas, seguiré tu rastro en la tierra, estaré contigo en la cacería. Desde ahora seré hija de la luna. Sólo tu luz tocará mi piel y mis ojos estarán puestos en lo que hagas. Dafne, hija de Peneo, ninfa de Diana. Nueva virgen consagrada.
Llega Apolo.
APOLO: Acá estás, te encontré. Tu aroma fue mi guía.
Dafne voltea extrañada. Apolo camina hacia ella. Dafne le indica que se detenga.
DAFNE: Esto es un espacio sagrado.
APOLO: Lo es, estás tú, estoy yo.
DAFNE: Es espacio consagrado a Diana.
APOLO: Diana tiene su espacio con sus vírgenes, tú eres mía.
DAFNE: Yo soy una virgen de Diana.
APOLO: No puedes, no puedes cuando me has entregado tus labios, cuando tu cuerpo arde tanto como el mío.
Apolo se acerca más. Dafne sale de la corona e intenta poner distancia.
DAFNE: ¿Quién eres?
APOLO: El que te ama.
DAFNE: No sé quién eres.
APOLO: Apolo, el dios del sol.
DAFNE: Me han hablado de ti.
APOLO: Nos conocemos.
DAFNE: No.
APOLO: Me besaste.
DAFNE: Mientes.
APOLO: Tus labios se posaron en los míos. Sentí el calor, el calor verdadero. No puedes negarlo.
DAFNE: La luna es testigo de que he estado acá en consagración a ella. Lo que dices son mentiras. Sólo a Diana dedicaré mi vida. Nadie puede tocarme, ningún mortal lo hará.
APOLO: No soy un mortal soy un dios, el dios del sol, el sabio de los oráculos. No puedes consagrarte a la protectora de las vírgenes. Sólo a mí será tu consagración. Sé mi esposa. Sube conmigo al Olimpo y déjame darte el lugar que en el cosmos te mereces. Serás una estrella, la estrella más hermosa, una estrella blanca, la estrella del sol.
DAFNE: La luna es mi mayor anhelo. No es el sol el que inspira mi deseo.
APOLO: No puedo permitirlo. Tú serás consagrada para mí, no para mi hermana.
DAFNE: No puedes obligarme.
APOLO: No se obliga aquello que tanto se desea.
DAFNE: Mi deseo es ser virgen eterna. Ninfa de Diana.
APOLO: Sé cuál es tu deseo. Tus labios hablaron. Yo seré para ti y tú serás para mí.
Apolo intenta agarrarla, Dafne lo evade. Empieza a seguirla.
APOLO: No huyas. Ven y dame la calma necesaria.
Dafne toma la corona de flores y sale huyendo. Apolo la sigue.
VII
Juega el Viento en el bosque. Llega Dafne huyendo. Se oculta.
VIENTO: ¿Qué haces?
DAFNE: Huyo.
VIENTO: ¿De qué?
DAFNE: Del miedo.
VIENTO: ¿Qué temes?
DAFNE: Perder lo que quiero.
VIENTO: ¿Qué quieres?
DAFNE: Mantener intacto mi deseo.
VIENTO: ¿Qué deseas?
DAFNE: Ser de Diana. Me he consagrado a la virginidad eterna.
VIENTO: ¿Y por qué temes? ¿Crees que no puedas hacerlo?
DAFNE: No, no es eso. Si mi corazón clama es que me dará la fuerza necesaria para conseguirlo.
VIENTO: ¿Entonces?
DAFNE: Apolo me ha visto y ahora quiere estar conmigo. Me quiere por esposa, quiere llevarme al Olimpo.
VIENTO: Gran bendición la que el dios te está dando.
DAFNE: Sólo quiero consagrarme a Diana, es a ella, a la hermana, a quien he entregado el corazón.
VIENTO: Tu corazón se divide entre dos gemelos.
DAFNE: Mi corazón no está dividido. Es muy claro a quién deseo. Mi canto no será para el sol, será para la luna.
VIENTO: ¿Si estás clara, qué te causa miedo?
DAFNE: Por favor calla y escóndeme. Apolo está siguiéndome, quiere poseerme. Dice que yo me le he entregado, que lo besé, que le entregué los labios y que ama mi piel. Es mentira, yo me he consagrado a Diana. Citerea es mi deseo.
VIENTO: ¿Y por qué el dios dice lo que dice?
DAFNE: No sé. Yo nunca he estado con él, no lo conocía.
VIENTO: ¿No te gusta?
DAFNE: ¿Qué?
VIENTO: Apolo ¿no te gusta?
DAFNE: No.
VIENTO: ¿No?
DAFNE: No.
VIENTO: ¿Nunca te ha gustado?
DAFNE: Alguna ves… sentí algo. Me gustaba que los rayos del sol tocaran mi piel, pero ahora ya no es así.
VIENTO: ¿Por qué Apolo dice que lo besaste? Quizá lo hiciste.
DAFNE: No lo he hecho.
VIENTO: Si dices que te gustaba que tocara tu piel, que la calentara.
DAFNE: Sólo dije que me gustaba tocara mi piel, en algún momento.
VIENTO: Los dioses son extraños, por decirlo de alguna manera. Quizá Apolo sabía que te gustaba te tocara y lo hacía con gozo. Seguramente te besó en repetidas ocasiones, quizá también ya te haya poseído.
DAFNE: No, eso no, soy una virgen de Diana.
VIENTO: ¿Estás segura que sigues conservando tu virginidad como para consagrarla?
DAFNE: Sí.
VIENTO: Debes estar segura, si le consagras a Diana una virginidad que no tienes será una gran ofensa. La cazadora no te lo perdonará. Deberás pagar con tu vida.
DAFNE: Mi vida es de Diana, puede disponer de ella.
VIENTO: Para ser alguien que debería tener una carencia de amor y desear la virginidad pareces amar demasiado.
DAFNE: ¿Por qué dices eso?
VIENTO: Sólo pensamientos. No les tomes importancia.
DAFNE: No deseo la virginidad porque carezca de amor, la deseo precisamente porque amo. No es el desamor o la desilusión los que impulsan mi deseo, por el contrario, es una necesidad verdadera.
VIENTO: ¿Qué tan segura estás de la verdad de esa necesidad?
DAFNE: Completamente.
El viento sonríe.
VIENTO: ¿Por qué consagrarte a Diana?
DAFNE: Es la virgen eterna y protectora de las vírgenes. Ella entiende mi corazón.
VIENTO: Alguien se acerca.
DAFNE: Escóndeme.
VIENTO: No puedo, soy viento.
DAFNE: Entonces ayúdame a perderme.
Llega Apolo.
APOLO: Deja de correr. Deja de darme muerte con tu ausencia. Entiende que clamo entero por estar contigo, por tenerte, por sentirte mía.
Dafne huye. Quedan Apolo, Dafne y el Viento en figuras estáticas en forma de persecución, sólo el viento puede romper el ritmo de las figuras.
DAFNE: Deja de seguirme
APOLO: No puedo, no soy yo quien se mueve, eres tú quien me mueve. Deja de correr y entonces yo podré dejar de hacerlo.
DAFNE: Mi corazón clama por otro amor, no por el tuyo. Clama por la castidad.
APOLO: Mi corazón sangra desde que te vio. Desde que tu imagen cruzó ante mi presencia. Ardo desde ese momento, no puedo controlar lo que tengo.
DAFNE: Eres un dios, controla tus impulsos y déjame en la paz de mi entrega.
APOLO: ¿Por qué debo yo controlar mis impulsos y renunciar a lo que siento? Renuncia tú a la locura de dedicarte a Diana y quédate conmigo.
DAFNE: No es locura.
APOLO: ¿Qué es?
DAFNE: Necesidad.
APOLO: ¿Necesidad?
DAFNE: Deja de seguirme.
APOLO: Necesidad es lo que siento. Necesidad de tocarte, de besarte. Ansia de sentir tu piel blanca.
DAFNE: Blanca de luna.
APOLO: Blanca de luz, luz de sol.
DAFNE: Blanca de castidad.
APOLO: Blanca de amor.
DAFNE: Amor de no amor.
APOLO: ¿Cómo amar el no amor?
DAFNE: Amor de entrega, de adoración. No de amor carnal, como el que deseas.
APOLO: Te deseo entera, toda. No es sólo tu carne lo que me inquieta. Es tu ser entero. Calma mi hambre, mi sed.
DAFNE: No insistas, antes de estar contigo prefiero la muerte.
APOLO: Si mueres, será más sencillo. Estaremos juntos en la muerte. Mi muerte llegó con tu mirada, con el deseo puro depositado por tus labios en los míos. Morí en ese instante. Soy un espíritu que vaga encadenado a su tesoro. Soy un alma que sigue atormentada su deseo.
Apolo va acercándose cada vez más a Dafne.
DAFNE: ¡Dioses! Líbrenme de esto. Diana, la luna, cazadora. Detén los pies de tu hermano.
APOLO: Cede ya. Detente.
DAFNE: No.
APOLO: No seas sorda a mis ruegos, no dejes que me pierda.
DAFNE: Sería mejor quedar sorda para no escucharte.
APOLO: No me obligues a utilizar otras artes.
DAFNE: Obra como quieras, pero nunca estaré contigo. Antes he de entrar al Hades y perderme.
APOLO: Insensata. Te propuse lo mejor, te quise querer de la mejor forma. Pero me obligas a forzarte. Por bien o mal serás mía. Dafne será de Apolo. Tu entrega a mí será una nueva hazaña del dios del sol. Quise tratarte con el mejor de los amores. Tuviste la oportunidad de ser mía y ser la más dichosa por libre voluntad. Ahora, aunque no quieras, estarás a mi lado, en mi lecho, en mi vida. Aún por mal probarás la miel que te ofrezco.
Apolo está apunto de alcanzar a Dafne.
DAFNE: Los dioses me protejan. No será mi voluntad la que se te entregue. Si me tomas, tomarás un árbol hueco, no tomarás a Dafne la ninfa, tomarás un ser vacío.
APOLO: Te tengo.
El viento toma a Dafne y se la lleva. Apolo intenta alcanzarlos pero no puede. Insiste en la carrera. Se detiene agotado. Cae rendido.
APOLO: ¿Qué es?... ¿Qué es? ¿Qué me tiene el corazón perdido? ¿Qué me mueve de esta forma? La veo y siento el corazón arder. La veo y me siento débil, su pura presencia me roba la fuerza. Su ausencia me quita la vida. Su presencia me quita la fuerza, su ausencia me quita la vida.
Va llegando lentamente Cupido.
APOLO: ¿Quién eres, ser delicado, de suaves caderas, de piel caliza, de cabello ardiente, ojos profundos? ¿Quién eres que así me pones? ¿Por qué huyes de mi presencia? Soy Apolo, el sabio dios del oráculo, el vencedor de Pitón, hijo de Zeus y Latona. El dios de la belleza y la música, del canto y la poesía. El sol. Soy tanto y ante ti parece nada. Soy uno de los doce olímpicos. Un ser perfecto. Sin embargo, ¿cómo puede un ser tan frágil ponerme tanta resistencia? ¿Qué ha hecho Diana para poder arder así el corazón de Dafne? ¿Por qué su corazón no vibra por el mío? Muchas son las que aspiran a estar conmigo, muchas son las que quieren tenerme. Ninguna que yo no quiera ha podido hacerlo y a las que he aceptado me profesan amor y pasión desmedidos. ¿Qué tiene éste ser que me mueve de esta forma y me rechaza? Cuando el sol pasa en la cúpula del cielo todas las flores voltean a verlo y se inclinan, intentan alcanzarlo pero no pueden. ¿Por qué esta flor no voltea a verme, por qué no quiere mirar al sol y dejar que su calor la abra? ¿Por qué niega que mis rayos la acaricien y recorran lentamente sus frágiles pétalos, su tallo, sus hojas…? Quiere ser flor de noche. Flor que nadie vea, flor que abra en el silencio de la luna, en la oscuridad. ¿Qué tienes que prefieres entre dos astros al más pequeño? Sol y luna, Apolo y Diana, hermanos gemelos que protegen los dos astros del cielo. Uno es fuego puro, luz ardiente, luz de día, la otra es luz callada, luz fría, luz pálida. ¿Por qué preferirla a ella? ¿De qué sirve tal belleza si has de negarla? ¿Qué deseo de castidad puede ser tan fuerte como para negárteme? Y a pesar de eso, es tan fuerte lo que siento que no puedo contenerlo, me desborda, me arroba. Quisiera dejar de verte pero el aire sólo me da tu aroma, la luz sólo me deja tu imagen. Cada exhalación dice tu nombre. Tus ojos, tus verdes ojos, frutos extraños. Me miran con tal desprecio que sólo pueden herirme, y con la herida abierta vago sin rumbo fijo, sólo siguiendo tu rastro, tu aliento. El sol derrite la nieve. Tú eres nieve. Pero eres nieve intocable. Por más que mis rayos se alargan son incapaces de alcanzarte. ¿Qué puedo hacer? ¿Dónde puedo encontrarte? ¿Dónde estás hermosa Dafne?
CUPIDO: Saludos, dios de los oráculos, vencedor de Pitón, conductor del carro del sol, invencible Apolo.
APOLO: ¿Qué quieres, jovenzuelo?
CUPIDO: Me asombras. Aún en tu estado actual no pierdes tu arrogancia.
APOLO: ¿Por qué te burlas de mí?
CUPIDO: Porque es risible verte así postrado. Tú, el que se vanagloria en el cielo, el que para ver a los demás baja la vista. Ahora estás acá, en tierra, tirado.
APOLO: No soy yo el que está postrado, no sé quién es, no sé quién soy. Desde que vi a la hermosa Ninfa no tengo dominio de mí, no puedo controlarme. He descuidado mis ocupaciones divinas sólo por seguirla, por verla.
CUPIDO: Se llama amor. Dime ahora, dios del sol, si mi poder es tan insignificante que no tiene relevancia alguna.
APOLO: Reconozco que son fuertes tus proezas, aún para un joven afeminado como tú.
CUPIDO: No pierdes la soberbia. Ttirado, teniendo que levantar la cara para verme, aún así te defiendes como una bestia herida ante el cazador.
APOLO: ¿Te crees un cazador?
CUPIDO: Lo soy.
APOLO: Dime una presa digna de competir con las mías. Una sola y te diré si puedes llamarte de esa forma.
CUPIDO: Tengo una presa que puede competir.
APOLO: ¿Cuál?
CUPIDO: Tú.
APOLO: Yo nunca sería tu presa.
CUPIDO: Ya fuiste. ¿Qué crees que es lo que sientes? Esta pasión que te sobrepasa, que te atormenta en este momento, no es más que el fruto puesto en ti por mí. Es el resultado de mi cacería. Y ahora, mi estimado dios, tú eres mi trofeo. Soy tu vencedor y tú mi vencido.
APOLO: Te arrepentirás de esto que has hecho.
CUPIDO: Quizá, pero no ahora.
APOLO: Un disparo, uno sólo de mis disparos acabará contigo.
CUPIDO: Hazlo, si te queda la fuerza necesaria. El amor consume, te mata. En poco tiempo no podrás hacer más nada. Y yo seré el que doblegó al gran dios del sol.
APOLO: Soy un dios, no puedes acabar conmigo.
CUPIDO: No quiero acabar contigo. Sólo quiero que me reconozcas superior.
APOLO: Nunca.
CUPIDO: Lo harás.
APOLO: Crees demasiado en una mentira. Deja de soñar.
CUPIDO: ¿Quieres que te diga en dónde está Dafne?
APOLO: Sí.
CUPIDO: Reconóceme ante el cosmos. Confiesa que Cupido te venció. Sólo así te diré dónde encontrar a Dafne.
APOLO: No.
CUPIDO: Entonces sigue buscando sin sentido.
APOLO: Soy el sol, puedo encontrarla.
CUPIDO: Pues hazlo. Suerte.
APOLO: ¿Cómo conoces el lugar donde se encuentra?
CUPIDO: Conozco a Dafne y conozco su casta.
APOLO: Dímela.
CUPIDO: Hasta que reconozcas mi victoria.
APOLO: No lo haré.
CUPIDO: No diré nada.
APOLO: No me agregues más predicamentos.
CUPIDO: Yo no estoy agregando nada. Eres tú. Sólo proclama mi victoria y te diré en dónde está Dafne.
Pausa.
APOLO: Seres de cielos, mares y tierra. Sepan hoy que el gran Apolo fue vencido. El que dio muerte a Pitón cayó bajo las flechas de un pequeño arquero de manos blandas. Amor venció al sol.
Cupido lo mira sonriente.
APOLO: ¿Te basta con eso?
CUPIDO: Por el momento.
APOLO: ¿Qué esperas para decirme?
CUPIDO: Bien, me alegra ver que eres un hombre de palabra. Ahora yo cumpliré la mía. Sólo te advierto que lo que te diré podría otorgarte un nuevo problema. Pero al final fue tu decisión. Tú pediste que te dijera en dónde encontrar a Dafne y a su casta y lo haré. Sin embargo no entiendo cómo deseas poseer a algo que tú mismo renunciaste.
APOLO: Sería un loco si renunciara a Dafne. Es mi vida.
CUPIDO: Te sorprenderás, Apolo.
APOLO: Dilo.
CUPIDO: Está bien. Dafne es, como sabes, una hermosa Ninfa/
APOLO: Pronto.
CUPIDO: Tranquilo. Dafne es una hermosa Ninfa de cabellos rojos y piel blanca, pertenece a una antigua casta pues es hija de un sabio viejo al que tú conoces. El antiguo dios fluvial de nombre Peneo, al que si no estoy mal enterado, le dijiste que no deseas nada de él ni de su casta, lo que, intuyo, incluye a su hermosa hija Dafne. Ahora que ya sabes su origen dime si no es verdad que tú mismo rechazas a lo que llamas tu mayor deseo. No entiendo porqué te empecinas tanto en seguir a la ninfa si no la quieres. Creo que debes aclarar un poco eso antes de seguir en tu carrera. Recuerda que el sol no se hizo sólo para un ser sino para el cosmos. Y pues bien, ya que tienes el conocimiento de las cosas, toma tu decisión. Si quieres encontrar a Dafne, ve con Peneo, ahí se encuentra la ninfa.
APOLO: No te agradezco lo que me dices.
CUPIDO: No necesitas hacerlo. Te dejo, hay cosas más importantes que atender.
APOLO: Pequeño tonto, te arrepentirás.
CUPIDO: Soy un pequeño tonto, pero estás vencido por este pequeño tonto.
Cupido sonríe y se va. Apolo se incorpora.
APOLO: Amor. ¿Qué es?...
Sale.
VIENTO: ¿Qué haces?
DAFNE: Huyo.
VIENTO: ¿De qué?
DAFNE: Del miedo.
VIENTO: ¿Qué temes?
DAFNE: Perder lo que quiero.
VIENTO: ¿Qué quieres?
DAFNE: Mantener intacto mi deseo.
VIENTO: ¿Qué deseas?
DAFNE: Ser de Diana. Me he consagrado a la virginidad eterna.
VIENTO: ¿Y por qué temes? ¿Crees que no puedas hacerlo?
DAFNE: No, no es eso. Si mi corazón clama es que me dará la fuerza necesaria para conseguirlo.
VIENTO: ¿Entonces?
DAFNE: Apolo me ha visto y ahora quiere estar conmigo. Me quiere por esposa, quiere llevarme al Olimpo.
VIENTO: Gran bendición la que el dios te está dando.
DAFNE: Sólo quiero consagrarme a Diana, es a ella, a la hermana, a quien he entregado el corazón.
VIENTO: Tu corazón se divide entre dos gemelos.
DAFNE: Mi corazón no está dividido. Es muy claro a quién deseo. Mi canto no será para el sol, será para la luna.
VIENTO: ¿Si estás clara, qué te causa miedo?
DAFNE: Por favor calla y escóndeme. Apolo está siguiéndome, quiere poseerme. Dice que yo me le he entregado, que lo besé, que le entregué los labios y que ama mi piel. Es mentira, yo me he consagrado a Diana. Citerea es mi deseo.
VIENTO: ¿Y por qué el dios dice lo que dice?
DAFNE: No sé. Yo nunca he estado con él, no lo conocía.
VIENTO: ¿No te gusta?
DAFNE: ¿Qué?
VIENTO: Apolo ¿no te gusta?
DAFNE: No.
VIENTO: ¿No?
DAFNE: No.
VIENTO: ¿Nunca te ha gustado?
DAFNE: Alguna ves… sentí algo. Me gustaba que los rayos del sol tocaran mi piel, pero ahora ya no es así.
VIENTO: ¿Por qué Apolo dice que lo besaste? Quizá lo hiciste.
DAFNE: No lo he hecho.
VIENTO: Si dices que te gustaba que tocara tu piel, que la calentara.
DAFNE: Sólo dije que me gustaba tocara mi piel, en algún momento.
VIENTO: Los dioses son extraños, por decirlo de alguna manera. Quizá Apolo sabía que te gustaba te tocara y lo hacía con gozo. Seguramente te besó en repetidas ocasiones, quizá también ya te haya poseído.
DAFNE: No, eso no, soy una virgen de Diana.
VIENTO: ¿Estás segura que sigues conservando tu virginidad como para consagrarla?
DAFNE: Sí.
VIENTO: Debes estar segura, si le consagras a Diana una virginidad que no tienes será una gran ofensa. La cazadora no te lo perdonará. Deberás pagar con tu vida.
DAFNE: Mi vida es de Diana, puede disponer de ella.
VIENTO: Para ser alguien que debería tener una carencia de amor y desear la virginidad pareces amar demasiado.
DAFNE: ¿Por qué dices eso?
VIENTO: Sólo pensamientos. No les tomes importancia.
DAFNE: No deseo la virginidad porque carezca de amor, la deseo precisamente porque amo. No es el desamor o la desilusión los que impulsan mi deseo, por el contrario, es una necesidad verdadera.
VIENTO: ¿Qué tan segura estás de la verdad de esa necesidad?
DAFNE: Completamente.
El viento sonríe.
VIENTO: ¿Por qué consagrarte a Diana?
DAFNE: Es la virgen eterna y protectora de las vírgenes. Ella entiende mi corazón.
VIENTO: Alguien se acerca.
DAFNE: Escóndeme.
VIENTO: No puedo, soy viento.
DAFNE: Entonces ayúdame a perderme.
Llega Apolo.
APOLO: Deja de correr. Deja de darme muerte con tu ausencia. Entiende que clamo entero por estar contigo, por tenerte, por sentirte mía.
Dafne huye. Quedan Apolo, Dafne y el Viento en figuras estáticas en forma de persecución, sólo el viento puede romper el ritmo de las figuras.
DAFNE: Deja de seguirme
APOLO: No puedo, no soy yo quien se mueve, eres tú quien me mueve. Deja de correr y entonces yo podré dejar de hacerlo.
DAFNE: Mi corazón clama por otro amor, no por el tuyo. Clama por la castidad.
APOLO: Mi corazón sangra desde que te vio. Desde que tu imagen cruzó ante mi presencia. Ardo desde ese momento, no puedo controlar lo que tengo.
DAFNE: Eres un dios, controla tus impulsos y déjame en la paz de mi entrega.
APOLO: ¿Por qué debo yo controlar mis impulsos y renunciar a lo que siento? Renuncia tú a la locura de dedicarte a Diana y quédate conmigo.
DAFNE: No es locura.
APOLO: ¿Qué es?
DAFNE: Necesidad.
APOLO: ¿Necesidad?
DAFNE: Deja de seguirme.
APOLO: Necesidad es lo que siento. Necesidad de tocarte, de besarte. Ansia de sentir tu piel blanca.
DAFNE: Blanca de luna.
APOLO: Blanca de luz, luz de sol.
DAFNE: Blanca de castidad.
APOLO: Blanca de amor.
DAFNE: Amor de no amor.
APOLO: ¿Cómo amar el no amor?
DAFNE: Amor de entrega, de adoración. No de amor carnal, como el que deseas.
APOLO: Te deseo entera, toda. No es sólo tu carne lo que me inquieta. Es tu ser entero. Calma mi hambre, mi sed.
DAFNE: No insistas, antes de estar contigo prefiero la muerte.
APOLO: Si mueres, será más sencillo. Estaremos juntos en la muerte. Mi muerte llegó con tu mirada, con el deseo puro depositado por tus labios en los míos. Morí en ese instante. Soy un espíritu que vaga encadenado a su tesoro. Soy un alma que sigue atormentada su deseo.
Apolo va acercándose cada vez más a Dafne.
DAFNE: ¡Dioses! Líbrenme de esto. Diana, la luna, cazadora. Detén los pies de tu hermano.
APOLO: Cede ya. Detente.
DAFNE: No.
APOLO: No seas sorda a mis ruegos, no dejes que me pierda.
DAFNE: Sería mejor quedar sorda para no escucharte.
APOLO: No me obligues a utilizar otras artes.
DAFNE: Obra como quieras, pero nunca estaré contigo. Antes he de entrar al Hades y perderme.
APOLO: Insensata. Te propuse lo mejor, te quise querer de la mejor forma. Pero me obligas a forzarte. Por bien o mal serás mía. Dafne será de Apolo. Tu entrega a mí será una nueva hazaña del dios del sol. Quise tratarte con el mejor de los amores. Tuviste la oportunidad de ser mía y ser la más dichosa por libre voluntad. Ahora, aunque no quieras, estarás a mi lado, en mi lecho, en mi vida. Aún por mal probarás la miel que te ofrezco.
Apolo está apunto de alcanzar a Dafne.
DAFNE: Los dioses me protejan. No será mi voluntad la que se te entregue. Si me tomas, tomarás un árbol hueco, no tomarás a Dafne la ninfa, tomarás un ser vacío.
APOLO: Te tengo.
El viento toma a Dafne y se la lleva. Apolo intenta alcanzarlos pero no puede. Insiste en la carrera. Se detiene agotado. Cae rendido.
APOLO: ¿Qué es?... ¿Qué es? ¿Qué me tiene el corazón perdido? ¿Qué me mueve de esta forma? La veo y siento el corazón arder. La veo y me siento débil, su pura presencia me roba la fuerza. Su ausencia me quita la vida. Su presencia me quita la fuerza, su ausencia me quita la vida.
Va llegando lentamente Cupido.
APOLO: ¿Quién eres, ser delicado, de suaves caderas, de piel caliza, de cabello ardiente, ojos profundos? ¿Quién eres que así me pones? ¿Por qué huyes de mi presencia? Soy Apolo, el sabio dios del oráculo, el vencedor de Pitón, hijo de Zeus y Latona. El dios de la belleza y la música, del canto y la poesía. El sol. Soy tanto y ante ti parece nada. Soy uno de los doce olímpicos. Un ser perfecto. Sin embargo, ¿cómo puede un ser tan frágil ponerme tanta resistencia? ¿Qué ha hecho Diana para poder arder así el corazón de Dafne? ¿Por qué su corazón no vibra por el mío? Muchas son las que aspiran a estar conmigo, muchas son las que quieren tenerme. Ninguna que yo no quiera ha podido hacerlo y a las que he aceptado me profesan amor y pasión desmedidos. ¿Qué tiene éste ser que me mueve de esta forma y me rechaza? Cuando el sol pasa en la cúpula del cielo todas las flores voltean a verlo y se inclinan, intentan alcanzarlo pero no pueden. ¿Por qué esta flor no voltea a verme, por qué no quiere mirar al sol y dejar que su calor la abra? ¿Por qué niega que mis rayos la acaricien y recorran lentamente sus frágiles pétalos, su tallo, sus hojas…? Quiere ser flor de noche. Flor que nadie vea, flor que abra en el silencio de la luna, en la oscuridad. ¿Qué tienes que prefieres entre dos astros al más pequeño? Sol y luna, Apolo y Diana, hermanos gemelos que protegen los dos astros del cielo. Uno es fuego puro, luz ardiente, luz de día, la otra es luz callada, luz fría, luz pálida. ¿Por qué preferirla a ella? ¿De qué sirve tal belleza si has de negarla? ¿Qué deseo de castidad puede ser tan fuerte como para negárteme? Y a pesar de eso, es tan fuerte lo que siento que no puedo contenerlo, me desborda, me arroba. Quisiera dejar de verte pero el aire sólo me da tu aroma, la luz sólo me deja tu imagen. Cada exhalación dice tu nombre. Tus ojos, tus verdes ojos, frutos extraños. Me miran con tal desprecio que sólo pueden herirme, y con la herida abierta vago sin rumbo fijo, sólo siguiendo tu rastro, tu aliento. El sol derrite la nieve. Tú eres nieve. Pero eres nieve intocable. Por más que mis rayos se alargan son incapaces de alcanzarte. ¿Qué puedo hacer? ¿Dónde puedo encontrarte? ¿Dónde estás hermosa Dafne?
CUPIDO: Saludos, dios de los oráculos, vencedor de Pitón, conductor del carro del sol, invencible Apolo.
APOLO: ¿Qué quieres, jovenzuelo?
CUPIDO: Me asombras. Aún en tu estado actual no pierdes tu arrogancia.
APOLO: ¿Por qué te burlas de mí?
CUPIDO: Porque es risible verte así postrado. Tú, el que se vanagloria en el cielo, el que para ver a los demás baja la vista. Ahora estás acá, en tierra, tirado.
APOLO: No soy yo el que está postrado, no sé quién es, no sé quién soy. Desde que vi a la hermosa Ninfa no tengo dominio de mí, no puedo controlarme. He descuidado mis ocupaciones divinas sólo por seguirla, por verla.
CUPIDO: Se llama amor. Dime ahora, dios del sol, si mi poder es tan insignificante que no tiene relevancia alguna.
APOLO: Reconozco que son fuertes tus proezas, aún para un joven afeminado como tú.
CUPIDO: No pierdes la soberbia. Ttirado, teniendo que levantar la cara para verme, aún así te defiendes como una bestia herida ante el cazador.
APOLO: ¿Te crees un cazador?
CUPIDO: Lo soy.
APOLO: Dime una presa digna de competir con las mías. Una sola y te diré si puedes llamarte de esa forma.
CUPIDO: Tengo una presa que puede competir.
APOLO: ¿Cuál?
CUPIDO: Tú.
APOLO: Yo nunca sería tu presa.
CUPIDO: Ya fuiste. ¿Qué crees que es lo que sientes? Esta pasión que te sobrepasa, que te atormenta en este momento, no es más que el fruto puesto en ti por mí. Es el resultado de mi cacería. Y ahora, mi estimado dios, tú eres mi trofeo. Soy tu vencedor y tú mi vencido.
APOLO: Te arrepentirás de esto que has hecho.
CUPIDO: Quizá, pero no ahora.
APOLO: Un disparo, uno sólo de mis disparos acabará contigo.
CUPIDO: Hazlo, si te queda la fuerza necesaria. El amor consume, te mata. En poco tiempo no podrás hacer más nada. Y yo seré el que doblegó al gran dios del sol.
APOLO: Soy un dios, no puedes acabar conmigo.
CUPIDO: No quiero acabar contigo. Sólo quiero que me reconozcas superior.
APOLO: Nunca.
CUPIDO: Lo harás.
APOLO: Crees demasiado en una mentira. Deja de soñar.
CUPIDO: ¿Quieres que te diga en dónde está Dafne?
APOLO: Sí.
CUPIDO: Reconóceme ante el cosmos. Confiesa que Cupido te venció. Sólo así te diré dónde encontrar a Dafne.
APOLO: No.
CUPIDO: Entonces sigue buscando sin sentido.
APOLO: Soy el sol, puedo encontrarla.
CUPIDO: Pues hazlo. Suerte.
APOLO: ¿Cómo conoces el lugar donde se encuentra?
CUPIDO: Conozco a Dafne y conozco su casta.
APOLO: Dímela.
CUPIDO: Hasta que reconozcas mi victoria.
APOLO: No lo haré.
CUPIDO: No diré nada.
APOLO: No me agregues más predicamentos.
CUPIDO: Yo no estoy agregando nada. Eres tú. Sólo proclama mi victoria y te diré en dónde está Dafne.
Pausa.
APOLO: Seres de cielos, mares y tierra. Sepan hoy que el gran Apolo fue vencido. El que dio muerte a Pitón cayó bajo las flechas de un pequeño arquero de manos blandas. Amor venció al sol.
Cupido lo mira sonriente.
APOLO: ¿Te basta con eso?
CUPIDO: Por el momento.
APOLO: ¿Qué esperas para decirme?
CUPIDO: Bien, me alegra ver que eres un hombre de palabra. Ahora yo cumpliré la mía. Sólo te advierto que lo que te diré podría otorgarte un nuevo problema. Pero al final fue tu decisión. Tú pediste que te dijera en dónde encontrar a Dafne y a su casta y lo haré. Sin embargo no entiendo cómo deseas poseer a algo que tú mismo renunciaste.
APOLO: Sería un loco si renunciara a Dafne. Es mi vida.
CUPIDO: Te sorprenderás, Apolo.
APOLO: Dilo.
CUPIDO: Está bien. Dafne es, como sabes, una hermosa Ninfa/
APOLO: Pronto.
CUPIDO: Tranquilo. Dafne es una hermosa Ninfa de cabellos rojos y piel blanca, pertenece a una antigua casta pues es hija de un sabio viejo al que tú conoces. El antiguo dios fluvial de nombre Peneo, al que si no estoy mal enterado, le dijiste que no deseas nada de él ni de su casta, lo que, intuyo, incluye a su hermosa hija Dafne. Ahora que ya sabes su origen dime si no es verdad que tú mismo rechazas a lo que llamas tu mayor deseo. No entiendo porqué te empecinas tanto en seguir a la ninfa si no la quieres. Creo que debes aclarar un poco eso antes de seguir en tu carrera. Recuerda que el sol no se hizo sólo para un ser sino para el cosmos. Y pues bien, ya que tienes el conocimiento de las cosas, toma tu decisión. Si quieres encontrar a Dafne, ve con Peneo, ahí se encuentra la ninfa.
APOLO: No te agradezco lo que me dices.
CUPIDO: No necesitas hacerlo. Te dejo, hay cosas más importantes que atender.
APOLO: Pequeño tonto, te arrepentirás.
CUPIDO: Soy un pequeño tonto, pero estás vencido por este pequeño tonto.
Cupido sonríe y se va. Apolo se incorpora.
APOLO: Amor. ¿Qué es?...
Sale.
VIII
Peneo en el bosque. El tranquilo sonido del agua relaja la noche. Llegan Dafne y el Viento.
DAFNE: Padre, escucha mis ruegos, atiende a mi llamado. Defiende a tu hija. Desde pequeña me has cuidado, siendo sólo una gota me protegiste en todo momento. Así pues, escucha lo que ahora pido y protégeme de las garras del que me acosa.
Peneo la mira sorprendido.
DAFNE: Padre, escucha mis ruegos, atiende a mi llamado. Defiende a tu hija. Desde pequeña me has cuidado, siendo sólo una gota me protegiste en todo momento. Así pues, escucha lo que ahora pido y protégeme de las garras del que me acosa.
Peneo la mira sorprendido.
PENEO: ¿Qué te pasa, hija?
DAFNE: Las garras del que me sigue, como águila vuelan tras de mí queriendo atraparme, soy su presa. Evítalo, padre. Ayúdame a que su carrera sea vana y no me encuentre, que el motivo de su persecución se pierda en medio de la noche.
PENEO: ¿Quién te sigue?
DAFNE: Apolo, el dios de luminosa cabellera.
PENEO: ¿Qué has hecho para que te viera?
DAFNE: Nada. La luna es testigo de ello. Estaba yo en consagración a ella en medio de la noche cuando apareció entre las sombras el dios. Se acercó queriendo tomarme como suya reclamando besos pasados que desconozco. Me dijo que me le entregara de nuevo, que apagara su fuego y que le acompañara al Olimpo donde moraría como su esposa.
PENEO: No puede hacerlo, puesto que él mismo ha negado aquello que desea. Apolo juró no tener nada de la casta de Peneo, ¿por qué ahora arde en pasión por ti? Extrañas las acciones de los dioses, un día toman el mundo como suyo y el otro lo desconocen. No te preocupes, hija, quédate conmigo, si Apolo sabe qué sangre tienes, no querrá tocarte. Puede más lo soberbia del dios que cualquier cosa en el mundo.
VIENTO: No asegures tanto tus palabras, Peneo. El dios está movido por fuerza descomunal que no puede vencer fácilmente. Es una flecha de Cupido la que trae clavada dentro, el corazón le sangra de amor y es tu hija la que mantiene abierta la herida.
PENEO: ¿Por qué lo flechó Cupido?
VIENTO: Para tomar venganza del dios del sol.
PENEO: Caprichos de dioses. ¿Por qué pagan los que no tienen que ver en sus discusiones? Toman el mundo como su circo y pretenden que sean todos centro de sus experimentos.
DAFNE: Ayúdame a evitarlo. Piérdeme, padre. No quiero ser de Apolo, es a Diana a quien me he entregado, a ella pertenece mi deseo.
PENEO: Grandes desgracias han traído para ti tus encantos de doncella. Tu cabello rojo, luz en la noche. Tus ojos verdes, frutos deliciosos. Tu mirada celeste, tu piel de nieve, tus caderas melosas. Todo en ti, siendo belleza, es maldición.
DAFNE: Quítamelas, piérdelas. Arruina eso que tanto atrae. Quita de mí el anzuelo de los hombres.
PENEO: No puedo hacer eso.
DAFNE: Deja que el encanto de tus aguas cambie mi apariencia. Dame de beber tu magia y ayúdame a desaparecer de la vista del dios.
PENEO: No me pidas eso. No sólo para los demás es un encanto mirarte, también para mí es un gozo presenciar la belleza de mi hija. No me pidas privarme de la dicha de verte tal como eres.
DAFNE: Padre, sea como sea, seguiré siendo tu hija, sólo te pido que me ayudes a mantener lo que quiero. Atiende a mi corazón.
PENEO: No puedo.
VIENTO: Se acerca el dios.
DAFNE: Hazlo.
PENEO: Es un sacrificio que no quiero.
DAFNE: Si cambias mi figura, podrás tenerme siempre. Si me dejas como soy me perderás. Apolo me llevará al Olimpo y ahí me tendrá, nunca más podrás verme.
VIENTO: Cada vez está más cerca.
DAFNE: Hazlo, padre, déjame beber.
PENEO: Pide otra cosa.
DAFNE: Es la vida en otra o la muerte.
Dafne se agacha e intenta tomar. Peneo retrae sus aguas.
DAFNE: Tu decisión es perderme.
VIENTO: Ahí está el dios.
PENEO: Dejemos que sepa quién eres y te rechazará. Si sabe que eres mi hija no querrá tenerte.
VIENTO; No estés seguro de eso.
Llega Apolo.
APOLO: No era engaño del amor saber que acá te encontraría.
DAFNE: Aléjate.
APOLO: No puedo.
PENEO: Entérate que es mi hija a la que sigues. Parte de mi casta, a la que renunciaste para siempre. No puedes tenerla en tanto que tú mismo la desprecias.
APOLO: Sé a dónde pertenece. Sé que desprecié a la casta de Peneo, sin embargo, no puedo resistir lo que siento. Es más fuerte que yo.
PENEO: No puedes tenerla. Te lo has prohibido. Eres el dios del bien moral, sigue tus preceptos y retírate.
APOLO: No puedo.
DAFNE: Ingrata noche de estrellas parpadeantes. Sonríen al ver lo que me pasa. Pero no será ésta la noche en que me pierda. A pesar de todo me mantendré en mi deseo. Las aguas de mi padre me darán el alivio necesario. Bebe, ninfa hermosa, bebe y conviértete en algo que el dios no pueda descubrir.
PENEO: Tú no entrarás en mi casta, Apolo, no eres digno de esta raza.
APOLO: No hable de dignidades, viejo río. Es una bendición el que quiera tomar a alguien de tu familia.
Dafne bebe de Peneo.
DAFNE: Está hecho, ahora podré perderme.
PENEO: ¿Qué has hecho?
DAFNE: Aceptar tu ayuda, padre. Gracias.
Dafne se retira. El viento la sigue. Apolo va tras ella pero Peneo lo detiene.
PENEO: Déjala.
APOLO: No puedo, a donde van sus pasos han de ir los míos.
PENEO: ¿En verdad la amas?
APOLO: Sí, la amo.
PENEO: En unos momentos Dafne será transformada en algo que no conoces. No sabrás más quién es, nunca más la encontrarás. Está perdida para ti.
APOLO: Así entrara al Hades ahí la encontraría.
PENEO: Veamos si es tan seguro lo que dices. Ve y búscala. Si la encuentras podrá ser tuya.
APOLO: Recuerda bien tus palabras. Hoy Apolo es parte de la casta de Peneo.
PENEO: No asegures nada.
Apolo sigue a Dafne. Peneo lo sigue con la mirada.
DAFNE: Las garras del que me sigue, como águila vuelan tras de mí queriendo atraparme, soy su presa. Evítalo, padre. Ayúdame a que su carrera sea vana y no me encuentre, que el motivo de su persecución se pierda en medio de la noche.
PENEO: ¿Quién te sigue?
DAFNE: Apolo, el dios de luminosa cabellera.
PENEO: ¿Qué has hecho para que te viera?
DAFNE: Nada. La luna es testigo de ello. Estaba yo en consagración a ella en medio de la noche cuando apareció entre las sombras el dios. Se acercó queriendo tomarme como suya reclamando besos pasados que desconozco. Me dijo que me le entregara de nuevo, que apagara su fuego y que le acompañara al Olimpo donde moraría como su esposa.
PENEO: No puede hacerlo, puesto que él mismo ha negado aquello que desea. Apolo juró no tener nada de la casta de Peneo, ¿por qué ahora arde en pasión por ti? Extrañas las acciones de los dioses, un día toman el mundo como suyo y el otro lo desconocen. No te preocupes, hija, quédate conmigo, si Apolo sabe qué sangre tienes, no querrá tocarte. Puede más lo soberbia del dios que cualquier cosa en el mundo.
VIENTO: No asegures tanto tus palabras, Peneo. El dios está movido por fuerza descomunal que no puede vencer fácilmente. Es una flecha de Cupido la que trae clavada dentro, el corazón le sangra de amor y es tu hija la que mantiene abierta la herida.
PENEO: ¿Por qué lo flechó Cupido?
VIENTO: Para tomar venganza del dios del sol.
PENEO: Caprichos de dioses. ¿Por qué pagan los que no tienen que ver en sus discusiones? Toman el mundo como su circo y pretenden que sean todos centro de sus experimentos.
DAFNE: Ayúdame a evitarlo. Piérdeme, padre. No quiero ser de Apolo, es a Diana a quien me he entregado, a ella pertenece mi deseo.
PENEO: Grandes desgracias han traído para ti tus encantos de doncella. Tu cabello rojo, luz en la noche. Tus ojos verdes, frutos deliciosos. Tu mirada celeste, tu piel de nieve, tus caderas melosas. Todo en ti, siendo belleza, es maldición.
DAFNE: Quítamelas, piérdelas. Arruina eso que tanto atrae. Quita de mí el anzuelo de los hombres.
PENEO: No puedo hacer eso.
DAFNE: Deja que el encanto de tus aguas cambie mi apariencia. Dame de beber tu magia y ayúdame a desaparecer de la vista del dios.
PENEO: No me pidas eso. No sólo para los demás es un encanto mirarte, también para mí es un gozo presenciar la belleza de mi hija. No me pidas privarme de la dicha de verte tal como eres.
DAFNE: Padre, sea como sea, seguiré siendo tu hija, sólo te pido que me ayudes a mantener lo que quiero. Atiende a mi corazón.
PENEO: No puedo.
VIENTO: Se acerca el dios.
DAFNE: Hazlo.
PENEO: Es un sacrificio que no quiero.
DAFNE: Si cambias mi figura, podrás tenerme siempre. Si me dejas como soy me perderás. Apolo me llevará al Olimpo y ahí me tendrá, nunca más podrás verme.
VIENTO: Cada vez está más cerca.
DAFNE: Hazlo, padre, déjame beber.
PENEO: Pide otra cosa.
DAFNE: Es la vida en otra o la muerte.
Dafne se agacha e intenta tomar. Peneo retrae sus aguas.
DAFNE: Tu decisión es perderme.
VIENTO: Ahí está el dios.
PENEO: Dejemos que sepa quién eres y te rechazará. Si sabe que eres mi hija no querrá tenerte.
VIENTO; No estés seguro de eso.
Llega Apolo.
APOLO: No era engaño del amor saber que acá te encontraría.
DAFNE: Aléjate.
APOLO: No puedo.
PENEO: Entérate que es mi hija a la que sigues. Parte de mi casta, a la que renunciaste para siempre. No puedes tenerla en tanto que tú mismo la desprecias.
APOLO: Sé a dónde pertenece. Sé que desprecié a la casta de Peneo, sin embargo, no puedo resistir lo que siento. Es más fuerte que yo.
PENEO: No puedes tenerla. Te lo has prohibido. Eres el dios del bien moral, sigue tus preceptos y retírate.
APOLO: No puedo.
DAFNE: Ingrata noche de estrellas parpadeantes. Sonríen al ver lo que me pasa. Pero no será ésta la noche en que me pierda. A pesar de todo me mantendré en mi deseo. Las aguas de mi padre me darán el alivio necesario. Bebe, ninfa hermosa, bebe y conviértete en algo que el dios no pueda descubrir.
PENEO: Tú no entrarás en mi casta, Apolo, no eres digno de esta raza.
APOLO: No hable de dignidades, viejo río. Es una bendición el que quiera tomar a alguien de tu familia.
Dafne bebe de Peneo.
DAFNE: Está hecho, ahora podré perderme.
PENEO: ¿Qué has hecho?
DAFNE: Aceptar tu ayuda, padre. Gracias.
Dafne se retira. El viento la sigue. Apolo va tras ella pero Peneo lo detiene.
PENEO: Déjala.
APOLO: No puedo, a donde van sus pasos han de ir los míos.
PENEO: ¿En verdad la amas?
APOLO: Sí, la amo.
PENEO: En unos momentos Dafne será transformada en algo que no conoces. No sabrás más quién es, nunca más la encontrarás. Está perdida para ti.
APOLO: Así entrara al Hades ahí la encontraría.
PENEO: Veamos si es tan seguro lo que dices. Ve y búscala. Si la encuentras podrá ser tuya.
APOLO: Recuerda bien tus palabras. Hoy Apolo es parte de la casta de Peneo.
PENEO: No asegures nada.
Apolo sigue a Dafne. Peneo lo sigue con la mirada.
IX
En medio del bosque hay un árbol de Laurel. El viento juega alrededor de él. Llega Apolo.
APOLO: Tú ibas con ella, dime en dónde se encuentra.
VIENTO: No puedo hacer eso, yo mismo la he perdido.
APOLO: Mientes.
VIENTO: Pues encuéntrala. Dime, si en verdad eres tan maravilloso, dónde está la ninfa, dónde están las caderas melosas, los ojos verdes, la piel blanca, el cabello de fuego.
APOLO: La encontraré. Si el amor es tan fuerte en verdad no me será difícil.
VIENTO: No podrás.
APOLO: La siento, está cerca.
VIENTO: No, sigue huyendo. Ya corre lejos, te costará alcanzarla.
APOLO: La siento cerca. Más cerca de lo esperado. La siento. Su olor es fuerte, su esencia me rodea, me abraza, me abrasa.
VIENTO: Eres extraño. La ninfa huye presta, si no corres no podrás darle alcance.
APOLO: No es necesario correr. Mi corazón late fuerte. Sabe que está cerca.
VIENTO: ¿Lo crees?
APOLO: Lo sé.
VIENTO: ¿Cómo?
APOLO: No sé, pero lo sé.
VIENTO: Te confundes.
APOLO: Quizá, quizá me confundo, porque ahora siento mi corazón latir por este árbol. Siento que el alma se desgarra estando con él. ¿Qué tiene este árbol extraño que me pone de esta forma? Sólo Dafne me inspiraba tal pasión. ¿Quién eres?
VIENTO: Es sólo un árbol. Parece que has cambiado tu loca pasión por la ninfa. Ya no es Dafne quien te inspira, ahora es un árbol. Son extraños los dioses.
APOLO: Eres tú, lo sé. A pesar de la corteza, a pesar de las ramas y las hojas, a pesar de no tener tu mirada, tu sonrisa, tus caderas, a pesar de no tener la apariencia hermosa de la ninfa, sé que eres tú, Dafne.
VIENTO: Has llegado al grado del enloquecimiento, Apolo.
Apolo toma al Viento.
APOLO: ¿Quién eres que intentas confundirme? El corazón me indica que la que está acá presente es mi amada ninfa, no tiene la misma figura pero eso no cambia lo que siento.
VIENTO: Estás loco.
APOLO: ¿Quién eres para creerte tan importante y juzgarme?
VIENTO: Céfiro.
APOLO: Viento de primavera, más vale que te vayas y me dejes en calma con mi amada.
VIENTO: Sólo quiero ayudarte.
APOLO: Pues hazlo y márchate (Suelta al Viento empujándolo) Si te quieres, mejor márchate.
VIENTO: Sólo quería ayudar. Piérdete.
El Viento se va riendo.
APOLO: Sé que eres tú, lo sé. Te toco y me siento arder. Tus hojas me tocan y son caricias. Tu deseo de castidad pudo más que el amor que por ti siento. Quizá Diana salió triunfante y tu deseo de consagrarte se ha cumplido. El sacrificio que has hecho para mantenerte intacta demuestra que para ti era más importante ser del séquito de la luna en la cacería que compañera del sol. Llegaste al límite y admiro lo que has hecho. Sin embargo, no puedo renunciar a esto que siento. Tu actitud heroica, más que desilusionarme, alienta mi amor por ti, y es precisamente este amor el que me lleva a decidir respetar tu deseo de ser virgen para siempre. El amor hace reacciones diversas en los seres que flecha, es extraña su magia. Ahora que más te quiero es cuando menos mía te siento. Pero déjame conservar un recuerdo tuyo. Déjame que por siempre seas tú mi árbol predilecto. Desde ahora ceñiré mi cabeza con una corona hecha de ti, de tus hojas. Todos los héroes que triunfen en honor de Apolo deberán ser coronados con tus hojas en las sienes. Es lo que pido. Si no puedo tenerte toda mía, déjame un recuerdo de este amor enloquecido. Respetaré tu consagración pero dame una señal de que apruebas lo que pido. Prefiero tener una parte de ti a quedarme con nada. Haz algo que me deje ver que apruebas mi proyecto y seré nuevamente feliz. Viajaré por la cúpula del cielo y te miraré sonriente. El Laurel será desde ahora mi árbol predilecto. Y tú coronarás mi cabeza en señal de triunfo, en señal de que también tú venciste al dios de los oráculos, el conductor del carro del sol, el de la belleza y la música, del bien moral, hijo de Zeus, uno de los doce olímpicos. Tú, la hermosa ninfa convertida en árbol para defensa de su honor y gloria.
Dafne convertida en laurel abraza a Apolo con sus ramas. Apolo se recarga en ella resignado.
APOLO: El cosmos es testigo. Quedan unidas tu vida y la mía. Desde ahora serás honrada como una virgen eterna y como la que el dios del sol lleva eternamente en su cabeza.
Toma una rama y se hace una corona. Se la coloca en la cabeza.
APOLO: Tú ibas con ella, dime en dónde se encuentra.
VIENTO: No puedo hacer eso, yo mismo la he perdido.
APOLO: Mientes.
VIENTO: Pues encuéntrala. Dime, si en verdad eres tan maravilloso, dónde está la ninfa, dónde están las caderas melosas, los ojos verdes, la piel blanca, el cabello de fuego.
APOLO: La encontraré. Si el amor es tan fuerte en verdad no me será difícil.
VIENTO: No podrás.
APOLO: La siento, está cerca.
VIENTO: No, sigue huyendo. Ya corre lejos, te costará alcanzarla.
APOLO: La siento cerca. Más cerca de lo esperado. La siento. Su olor es fuerte, su esencia me rodea, me abraza, me abrasa.
VIENTO: Eres extraño. La ninfa huye presta, si no corres no podrás darle alcance.
APOLO: No es necesario correr. Mi corazón late fuerte. Sabe que está cerca.
VIENTO: ¿Lo crees?
APOLO: Lo sé.
VIENTO: ¿Cómo?
APOLO: No sé, pero lo sé.
VIENTO: Te confundes.
APOLO: Quizá, quizá me confundo, porque ahora siento mi corazón latir por este árbol. Siento que el alma se desgarra estando con él. ¿Qué tiene este árbol extraño que me pone de esta forma? Sólo Dafne me inspiraba tal pasión. ¿Quién eres?
VIENTO: Es sólo un árbol. Parece que has cambiado tu loca pasión por la ninfa. Ya no es Dafne quien te inspira, ahora es un árbol. Son extraños los dioses.
APOLO: Eres tú, lo sé. A pesar de la corteza, a pesar de las ramas y las hojas, a pesar de no tener tu mirada, tu sonrisa, tus caderas, a pesar de no tener la apariencia hermosa de la ninfa, sé que eres tú, Dafne.
VIENTO: Has llegado al grado del enloquecimiento, Apolo.
Apolo toma al Viento.
APOLO: ¿Quién eres que intentas confundirme? El corazón me indica que la que está acá presente es mi amada ninfa, no tiene la misma figura pero eso no cambia lo que siento.
VIENTO: Estás loco.
APOLO: ¿Quién eres para creerte tan importante y juzgarme?
VIENTO: Céfiro.
APOLO: Viento de primavera, más vale que te vayas y me dejes en calma con mi amada.
VIENTO: Sólo quiero ayudarte.
APOLO: Pues hazlo y márchate (Suelta al Viento empujándolo) Si te quieres, mejor márchate.
VIENTO: Sólo quería ayudar. Piérdete.
El Viento se va riendo.
APOLO: Sé que eres tú, lo sé. Te toco y me siento arder. Tus hojas me tocan y son caricias. Tu deseo de castidad pudo más que el amor que por ti siento. Quizá Diana salió triunfante y tu deseo de consagrarte se ha cumplido. El sacrificio que has hecho para mantenerte intacta demuestra que para ti era más importante ser del séquito de la luna en la cacería que compañera del sol. Llegaste al límite y admiro lo que has hecho. Sin embargo, no puedo renunciar a esto que siento. Tu actitud heroica, más que desilusionarme, alienta mi amor por ti, y es precisamente este amor el que me lleva a decidir respetar tu deseo de ser virgen para siempre. El amor hace reacciones diversas en los seres que flecha, es extraña su magia. Ahora que más te quiero es cuando menos mía te siento. Pero déjame conservar un recuerdo tuyo. Déjame que por siempre seas tú mi árbol predilecto. Desde ahora ceñiré mi cabeza con una corona hecha de ti, de tus hojas. Todos los héroes que triunfen en honor de Apolo deberán ser coronados con tus hojas en las sienes. Es lo que pido. Si no puedo tenerte toda mía, déjame un recuerdo de este amor enloquecido. Respetaré tu consagración pero dame una señal de que apruebas lo que pido. Prefiero tener una parte de ti a quedarme con nada. Haz algo que me deje ver que apruebas mi proyecto y seré nuevamente feliz. Viajaré por la cúpula del cielo y te miraré sonriente. El Laurel será desde ahora mi árbol predilecto. Y tú coronarás mi cabeza en señal de triunfo, en señal de que también tú venciste al dios de los oráculos, el conductor del carro del sol, el de la belleza y la música, del bien moral, hijo de Zeus, uno de los doce olímpicos. Tú, la hermosa ninfa convertida en árbol para defensa de su honor y gloria.
Dafne convertida en laurel abraza a Apolo con sus ramas. Apolo se recarga en ella resignado.
APOLO: El cosmos es testigo. Quedan unidas tu vida y la mía. Desde ahora serás honrada como una virgen eterna y como la que el dios del sol lleva eternamente en su cabeza.
Toma una rama y se hace una corona. Se la coloca en la cabeza.
FIN
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